Catequesis sobre santa Gertrudis la Grande

Como lo esperábamos, el Papa habló hoy sobre santa Gertrudis la Grande, una de las patronas principales de nuestra Congregación, muy querida por el padre León Dehon. Tal como en el caso de santa Matilde, ofrecemos aquí nuestra propia traducción del original italiano:

 

Queridos hermanos y hermanas,

Santa Gertrudis la Grande, de la que quisiera hablarles hoy, nos lleva también esta semana al monasterio de Helfta, donde han nacido algunas de las obras maestras de la literatura religiosa femenina latino-germánica. A este mundo pertenece Gertrudis, una de las místicas más famosas, única mujer de Alemania que tiene el apelativo “la Grande”, por su estatura cultural y evangélica: con su vida y su pensamiento ha incidido de modo singular en la espiritualidad cristiana. Es una mujer excepcional, dotada de talentos naturales particulares y de extraordinarios dones de la gracia, de profundísima humildad y ardiente celo por la salvación del prójimo, de íntima comunión con Dios en la contemplación y de disponibilidad para socorrer a los necesitados.

En Helfta se compara, por así decirlo, sistemáticamente con su maestra Matilde de Hackeborn, de la que hablé en la Audiencia del miércoles pasado; entra en relación con Matilde de Magdeburgo, otra mística medieval; crece bajo el cuidado maternal, dulce y exigente de la abadesa Gertrudis. De estas tres hermanas suyas adquiere tesoros de experiencia y sabiduría; los elabora en una síntesis propia, recorriendo su itinerario religioso con confianza ilimitada en el Señor. Expresa la riqueza de la espiritualidad no sólo en su mundo monástico, sino también y sobre todo en el mundo bíblico, litúrgico,patrístico y benedictino, con un sello personalísimo y con gran eficacia comunicativa.

Nace el 6 de enero de 1256, fiesta de la Epifanía, pero no se sabe nada de sus padres ni del lugar de nacimiento. Gertrudis escribe que el Señor mismo le revela el sentido de este primer desarraigo suyo: “La he elegido pora mi morada porque me complazco de que todo lo que hay de amable en ella sea obra mía […]. Precisamente por esta razón yo la he alejado de todos sus parientes para que nadie la amase por razón de consanguinidad y yo fuese el único motivo del afecto que la mueve” (Las Revelaciones, I, 16).

A la edad de cinco años, en 1261, entra en el monasterio, como se acostumbraba a menudo en aquella época, para la formación y el estudio. Aquí transcurre toda su existencia, de la que ella misma señala las etapas más significativas. En sus memorias recuerda que el Señor la ha preservado con longanime paciencia e infinita misericordia, olvidando los años de la infancia, adolescencia y juventud, transcurridos –escribe- “en una tal ceguera de mente que habría sido capaz […] de pensar, decir o hacer sin ningún remordimiento todo lo que me fuese placentero y donde hubiese podido, si tu no me hubieses preservado, sea con un horror inherente del mal y una natural inclinación al bien, sea con la vigilancia externa de los demás. Me habría comportado como una pagana […] y ello aún habiendo tu querido que desde la infancia, esto es desde mi quinto año de edad, habitase en el santuario bendito de la religión para ser educada entre tus amigos más devotos” (Ibid., II, 23).

Gertrudis es una estudiante extraordinaria, aprende todo lo que se puede aprender de las ciencias del Trivio y del Quadrivio, la formación de aquél tiempo; es fascinada por el saber y se da al estudio profano con ardor y tenacidad, consiguiendo éxitos escolares más allá de toda expectativa. Si nada sabemos de sus orígenes, mucho ella nos dice sobre sus pasiones juveniles: la literatura, la música y el canto, el arte de la miniatura la cautivan; tiene un carácter fuerte, decidido, inmediato, impulsivo; a menudo dice ser negligente; reconoce sus defectos, pide humildemente perdón. Con humildad pide consejos y oraciones para su conversión. Hay rasgos de su temperamento y defectos que la acompañarán hasta el fin, hasta el punto de hacer asombrar a algunas personas, que se preguntan cómo es posible que el Señor la prefiera tanto.

De estudiante pasa a consagrarse totalmente a Dios en la vida monástica y por veinte años no sucede nada de excepcional: el estudio y la oración son su actividad principal. Por sus dotes sobresale entre sus cohermanas; es tenaz en consolidar su cultura en varios campos. Pero, durante el Adviento de 1280, empieza a sentir disgusto de todo ello, advierte su vanidad y el 27 de enero de 1281, pocos días antes de la fiesta de la Purificación de la Virgen, hacia la hora de Completas, por la noche, el Señor ilumina sus densas tinieblas. Con suavidad y dulzura calma la turbación que la angustia, turbación que Gertrudis ve como un don de Dios “para abatir esa torre de vanidad y de curiosidad que, ay de mí, aún llevando el nombre y el hábito de religiosa, yo había ido elevando con mi soberbia, y al menos así encontrar el camino para mostrarme tu salvación” (Ibid., II,1). Tiene la visión de un jovencito que la guía a superar la maraña de espinas que oprime su alma, tomándola de la mano. En esa mano, Gertrudis reconoce “la preciosa traza de esas llagas que han abrogado todas las actas de acusación de nuestros enemigos” (Ibid., II,1), reconoce a Aquel que sobre la Cruz nos salvó con su sangre, Jesús.

Desde aquel momento, su vida de comunión con el Señor se intensifica, sobre todo en los tiempos litúrgicos más significativos –Adviento-Navidad, Cuaresma-Pascua, fiestas de la Virgen– aún cuando, enferma, nestaba imapedida de ir al coro. Es el mismo humus litúrgico de Matilde, su maestra, que Gertrudis, sin embargo, describe con imágenes, símbolos y términos más simples y lineales, más realistas, con referencias más directas a la Biblia, a los Padres, al mundo benedictino.

Su biógrafa indica dos direcciones de la que podríamos definir una particular “conversión” suya: en los estudios, con el paso radical de los estudios humanistas profanos a los teológicos, y en la observancia monástica, con el paso de la vida que ella define como negligente a la vida de oración intensa, mística, con un excepcional ardor misionero. El Señor, que la había elegido desde el seno materno y que desde pequeña la había hecho participar en el banquete de la vida monástica, la llamar con su gracia “desde las cosas externas a la vida interior, y desde las ocupaciones terrenas al amor por las cosas espirituales”. Gertrudis comprende que ha estado lejos de Él, en la región de la disimilitud, como dice san Agustín; de haberse dedicado con demasiada avidez a los estudios liberales, a la sabiduría humana, descuidando la ciencia espiritual, privándose del gusto de la verdadera sabiduría; ahora es conducida al monte de la contemplación, donde deja al hombre viejo para revestirse del nuevo. “De gramática se convierte en teóloga, con la incansable y cuidadosa lectura de todos los libros sagrados que podía tener u obtener, llenaba su corazón de las más útiles y dulces sentencias de la Sagrada Escritura. Tenía por ello siempre dispuesta alguna palabra inspirada y de edificación con la que satisfacer a quien venía a consultarla, y al mismo tiempo los textos escriturísticos más adecuados para refutar cualquier opinión errada y cerrar la boca a sus oponentes” (Ibid., I,1, p. 25).

Gertrudis transforma todo esto en apostolado: se dedica a escribir y divulgar la verdade de la fe con claridad y sencillez, gracia y persuasión, sirviendo con amor y fidelidad a la Iglesia, hasta el punto de ser útil y agradable a los teólogos y las personas piadosas. De esta intensa actividad suya nos queda poco, a causa de los acontecimientos que llevaron a la destrucción del monasterio de Helfta. Además del “Heraldo del divino amor” o “Las revelaciones”, nos quedan los “Ejercicios Espirituales”, una rara joya de la literatura mística espiritual.

En la observancia religiosa, nuestra santa es “una sólida columna […], firmísima propugnadora de la justicia y de la verdad”, dice su biógrafa (Ibid., I, 1). Con las palabras y el ejemplo suscita en los demás gran fervor. A las oraciones y a las penitencias de la regla monástica añade otras con tal devoción y abandono confiado en Dios, que suscita en quien la encuentra la conciencia de estar en la presencia del Señor. Y de hecho Dios mismo le da a entender que la ha llamado a ser instrumento de su gracia. De este inmenso tesoro divino Gertrudis se siente indigna, confiesa no haberlo custodiado y valorado. Exclama: “¡Ay de mí! ¡Si Tu me hubieses dado para tu recuerdo, indigna como soy, incluso un solo hilo de estopa, habría sin embargo debido guardarlo con mayor respeto y reverencia de cuanta he tenido por estos tus dones!” (Ibid., II,5). Pero, reconociendo su pobreza y su indignidad, ella adhiere a la voluntad de Dios, “porque – afirma – he aprovechado tan poco de tus gracias que no puedo decidirme a creer que me hayan sido otorgadas para mí sola, no pudiendo tu eterna sabiduría ser frustrada por alguien. Haz, por tanto, oh Dador de todo bien que me has gratuitamente otorgado dones tan indebidos, que, leyendo este escrito, el corazón de al menos uno de tus amigos se conmueva por el pensamiento de que el celo por las almas te ha inducido a dejar durante tanto tiempo una gema de valor tan inestimable en medio del fango abominable de mi corazón” (Ibid., II,5).

En particular, dos favores le fueron más queridos que ningún otro, como Gertrudis misma escribe: “Los estigmas de tus saludables llagas que me imprimiste, como preciosas joyas, en el corazón, y la profunda y saludable herida de amor con que lo marcaste. Tu me inundaste con estos tus dones de tanta felicidad que, aunque debiese vivir mil años sin ningúna consolación ni interior ni exterior, su recuerdo bastaría para confortarme, iluminarme, colmarme de gratitud. Quisiste también introducirme en la inestimable intimidad de tu amistad, abriéndome de diversos modos ese sagrario nobilísimo de tu Divinidad que es tu Corazón divino […]. A este cúmulo de beneficios añadiste el de darme por Abogada a la santísima Virgen María Madre Tuya, y de haberme a menudo recomendado a su afecto como el más fiel de los esposos podría recomendar a la propia madre su esposa amada” (Ibid., II, 23).

Llevada a la comunión sin fin, concluye su vida terrena el 17 de noviembre de 1301 o 1302, a la edad de al rededor de 46 años. En el séptimo Ejercicio, el de la preparación a la muerte, santa Gertrudis escribe: “Oh, Jesús, tu que me eres inmensamente querido, estate siempre conmigo, para que mi corazón permanezca contigo y tu amor persevere conmigo sin posibilidad de división, y mi tránsito sea bendecido por tí, de modo que mi espíritu, libre de los lazos de la carne, pueda inmediatamente encontrar reposo en ti. Amen”(Ejercicios, VII).

Me parece obvio que estas no son sólo cosas del pasado, históricas, sino que la existencia de santa Gertrudis sigue siendo una escuela de vida cristiana, de recta vía, y nos muestra que el centro de una vida feliz, de una vida verdadera, es la amistad con Jesús, el Señor. Y esta amistad se aprende en el amor por la Sagrada Escritura, en el amor por la liturgia, en la fe profunda, en el amor por María, de modo de conocer siempre más realmente a Dios mismo y así la verdadera felicidad, la meta de nuestra vida. Gracias.

Benedicto XVI, Audiencia general, Plaza san Pedro, Miércoles 6 de octubre de 2010.

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