San Antonio de Padua y el Sagrado Corazón

El querido santo es más que nunca el objeto de confianza y afecto de todos en la Iglesia. Sabemos que fue un gran taumaturgo, un gran amigo de los pobres, las personas se dirigían a él para obtener todas las especies de gracias. Es menos conocida su ardiente devoción hacia el Sagrado Corazón de Jesús. El tiene páginas absolutamente semejantes a las de Santa Gertrudis. Como ella, compara el Corazón de Jesús a una cueva de piedra, a un altar de oro, a una ciudad de refugio.

“El hueco de piedra, dice, donde el alma se puede refugiar, es la llaga del costado de Jesucristo. Hay en su carne numerosas heridas y está la llaga de su costado; esta lleva a su Corazón, es hacia allá que el llama al alma de la cual hace su esposa. Le extendió los brazos; le abrió su costado y su Corazón para que venga allá a esconderse. Retirándose en las profundidades de la tierra, la paloma se coloca al abrigo de las persecuciones del ave de rapiña; al mismo tiempo, encuentra una morada tranquila donde habita dulcemente… Y el alma religiosa encontrará en el Corazón de Jesús, como un asilo seguro contra todas las maquinaciones de Satanás, un delicioso retiro… No permanezcamos, por lo tanto, a la entrada de la gruta; vamos a lo más profundo. A la entrada de la gruta, en los labios de la llaga, encontramos, es verdad, la sangre que nos rescató… Él habla, pide misericordia por nosotros. Pero el alma religiosa no debe detenerse allá. Cuando ella escuche la voz  de la sangre divina, que ella vaya hasta la fuente de la cual ella brota, a lo más íntimo del Corazón de Jesús. Allá ella encontrará la luz, la consolación, la paz, delicias inefables.”

“Había, agregaba el santo, en la ley antigua dos altares: el altar de bronce o de los holocaustos, y el altar de oro o de los perfumes… Jesucristo es al mismo tiempo estos dos altares: altar de bronce, en su cuerpo todo sangriento, inmolado a la vista de todo el pueblo; altar de oro, en su corazón todo ardiente de amor… Sobre el primero, ofrecemos nuestras lágrimas de compunción y de arrepentimiento; sobre el segundo, el incienso de nuestra ternura e de nuestra devoción…”

El querido santo decía todavía: “Las cinco llagas del Salvador son las ciudades de refugio de que hablaba el profeta. Un grito se eleva de estas ciudades divinas. A nosotros, nos hablan de arrepentimiento, de confianza, de amor; a Dios Padre, de misericordia y de perdón… Una de estas ciudades, decía Isaías, será llamada Ciudad del Sol. Se las cinco llagas del Salvador son ciudades de refugio, la llaga de su Costado divino es la ciudad del sol, el eterno brasero de la luz del amor”.

Venerable León Dehon, Mes del Sagrado Corazón, XV.

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