Enseñanza de Santa Matilde sobre el Sagrado Corazón

El Corazón de Jesús es el objeto de las complacencias del Padre celeste, no sólo porque es el Corazón de su Hijo bien-amado, el Corazón ornamentado de todas las perfecciones del Verbo Encarnado, sino también porque Dios Padre recibe del Corazón de Jesús en la medida más plena todo lo que esperaba de sus criaturas: la adoración, la alabanza, la acción de gracias, el ofrecimiento, la reparación pública.

Santa Matilde hizo bien público estos actos del Corazón de Jesús tan agradables a su Padre.
Un día, la querida santa tenía el deseo de alabar, adorar y glorificar perfectamente a su Dios:

“Oh! Si yo tuviese hora el poder, decía ella a Nuestro Señor, haría doblar humildemente las rodillas delante de ti, mi dulcísimo y fidelísimo amigo, en el cielo, en la tierra y en el infierno con todas las criaturas”.

El Señor le respondió con bondad:

“Pídeme cumplir este voto en mí mismo, porque en mi está contenida toda criatura, y ciando me presento delante de mi Padre para cumplir el oficio de alabanzas y acción de gracias, tengo el encargo de suplir lo que falta en la criatura”.

Es por el Sagrado Corazón que podemos adorar a Dios de una manera digna de su majestad infinita. Solo el Hijo de Dios hecho hombre puede ofrecer un homenaje digno de la Santísima Trinidad. Es por el que los ángeles y los hombre pueden alabar perfectamente la majestad infinita.

La Iglesia expresa esta doctrina en el prefacio de la misa:

“Es razonable y justo, digno y saludable, que siempre y en toda parte, nosotros te demos gracias, Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno, por Cristo Nuestro Señor, por el cual los ángeles alaban tu Majestad, las dominaciones adoran, las Potencias tiemblan, los Cielos y las Virtudes de los cielos, los bienaventurados Serafines te celebran en una común alegría. Permite que mezclemos a las suyas nuestras voces y que digamos en nuestra humilde alabanza: “Santo, santo, santo, Señor Dios de los ejércitos. Los cielos y la tierra están llenos de tu gloria. Hosanna en lo más alto de los Cielos!””.

Así, toda alabanza que llega a los más alto de los cielos debe pasar por los labios y por al Corazón de Jesucristo.

Un día, Matilde cantaba a Dios acciones de gracias, ella pidió al Hijo de Dios mismo, Jesús, el Esposo del alma amante, que él mismo quisiese dar a Dios Padre alabanzas de amor en su nombre.

¡Oh admirable condescendencia! El Hijo de Dios se presenta inmediatamente con respeto delante de su Padre celeste y exalta su grandeza en estos términos:

“Toda la asamblea de los celeste te alaba en las alturas supremas, y el hombre mortal y todas las criaturas también”.

Con estas palabras: “la asamblea celeste”, Matilde comprendió que el Señor atraía a sí el acuerdo de todas las alabanzas de los habitantes del cielo. Y con estas: “el hombre mortal”, que les unía las intenciones de todos los hombres. Con estas últimas: “todas las criaturas”, reunía en sí mismo la esencia de toda la criatura para celebrar las alabanzas de Dios Padre. De esta manera, hacía resonar para ellas, en la presencia de Dios Padre, la alabanza en nombre de los cielos, de la tierra y de los infiernos.

La santa alabó a la Trinidad a causa de su infinita grandeza:

“A ti, decía ella, honor e imperio, ti gloria y poder, a ti alabanza y júbilo por los siglos eternos, oh bienaventurada Trinidad!”.

Ella alabó a Dios por las gracias concedidas a María y a los santos ya en posesión del cielo, diciendo:

“Es justo que todas tus criaturas te alaben, te adoren, te glorifiquen, oh bienaventurada Trinidad. A ti alabanza, a ti gloria, a ti acciones de gracias!”.

Finalmente, ella alabó a Dios por todas las las gracias que había derramado sobre los justos para santificarlos, sobre los pecadores para convertirlos, sobre las almas del purgatoria, que su misericordia absuelve cada día y conduce a las alegrías del cielo. Ella dijo:

“De Dios viene todo, en él todo existe. A él gloria por los siglos de los siglos”.

El Corazón de Jesús acogió todas estas alabanzas, las divinizó y ofreció a la Santísima Trinidad.

El Corazón de Jesús es también el órgano de nuestras satisfacciones y reparaciones públicas.

Un día, Nuestro Señor apareció a Matilde con las manos y los pies atados. Le dijo:

“Todas las veces que el hombre peca mortalmente, me ata así; me mantiene en este tormento mientras persevera en el pecado”.

Nuestro Señor se lamentaba con ella por ser maltratado de tantos modos en su Iglesia, tres cosas sobretodo lo herían: el clero no se aplicaba a la Sagrada Escritura, sino que servía a su vanidad; los religiosos descuidaban las cosas interiores y se volvían hacia las exteriores; el pueblo no tenía cuidado con la palabra de Dios ni con los sacramentos de la Iglesia.

Matilde estaba, por lo tanto, preocupada en ofrecer reparaciones por los pecados de los otros, pero pensaba sobretodo en sus propios pecados. Un día, ella gemía por haber pasado el tiempo de su vida en la inutilidad, ella se proponía vivir en el futuro, si eso fuese posible, aún hasta el último juicio, en el dolor y en el sufrimiento. El Señor le dijo:

“Para reparar tus omisiones y colmar ese vacío, saluda a mi Corazón a causa de su divina bondad, saluda a mi Corazón a causa de la innumerables gracias que fueron derramadas y que serán derramadas sobre todas las almas que deben ser salvadas”.

El Corazón de Jesús se hacia por lo tanto, el órgano de su reparación.

Un Viernes Santo, cuando llegó su turno de adorar la cruz, ella dijo por una inspiración divina:

“He aquí todos mis deseos, oh mi Señor, los prendo aquí y los conformo a tus deseos a fin de que plenamente purificados y perfectamente santificados por este contacto, nunca más puedan detenerse en las cosas de la tierra”.

En el momento de besar la llaga de la mano derecha, el Señor le dijo:

“Esconde aquí tus bienes espirituales, a fin de que todas las negligencias que hubieras podido cometer bajo el hábito religioso sean plenamente reparadas por mis riquezas”.

En la mano izquierda, dijo:

“Coloca aquí todas tus penas y aflicciones, unidas a mis sufrimientos, se volverán dulces y exhalarán delante de Dios un perfume agradable”.

En la llaga del corazón, dijo:

“Esta llaga de amor es tan grande que abraza el cielo y la tierra y todo lo que ellos encierran, ven a colocar aquí tu amor junto a mi divino Corazón para que él se vuelva perfecto y se confunda en único amor, tal como un hierro ardiente con el fuego” (En el libro de la “Gracia especial”, passim).

Así, nuestro Señor da un precio inmenso a nuestras humildes reparaciones cuando pasan por sus llagas. Él es el objeto de las complacencias de su Padre, porque su Padre recibe sólo de él adoraciones, alabanzas, reparaciones dignas de su infinita Majestad.

León Dehon, MSC 199ss

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