El Rosario, instrumento ante los males de la sociedad

Conmemorando los 10 años de la Carta apostólica sobre el Santo Rosario del beato Juan Pablo II, Benedicto XVI propuso “valorizar la oración del Rosario en el próximo Año de la Fe”, e invitó a “rezar el Rosario personalmente, en familia y en comunidad, colocándonos en la escuela de María, que nos conduce a Cristo, centro vivo de nuestra fe”.
En esa Carta, Juan Pablo II recordaba que el Rosario es un “instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad”. En el número 33 recordaba -y he aquí el motivo de este post- que:

El centro del Ave Maria, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando. Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave María, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.

Ponemos a su alcance entonces esas “clausulas”, tal como están en el “Thesaurus precum”, el libro de oraciones de nuestra Congregación, en su edición del año 1925, año del fallecimiento del padre Dehon:

En algunos lugares, según un modo aún vigente, y aprobado por la Santa Sede, cada misterio es anunciado en la misma recitación da la salutación angélica, insertando después del nombre de Jesús las siguientes palabras:

Misterios gozosos:
En la 1ª decena: a quien Virgen concebiste.
En la 2ª: a quien en la visita a Isabel llevaste.
En la 3ª: a quien Virgen engendraste.
En la 4ª: a quien en el Templo presentaste.
En la 5ª: a quien en el Templo encontraste.

Misterios dolorosos:
En la 1ª decena: quien por nosotros sangre sudó.
En la 2ª: quien por nosotros fue flagelado.
En la 3ª: quien por nosotros de espinas fue coronado.
En la 4ª: quien por nosotros la Cruz cargó.
En la 5ª: quien por nosotros fue crucificado.

Misterios gloriosos:
En la 1ª decena: quien resucitó de los muertos.
En la 2ª: quien al cielo ascendió.
En la 3ª: quien el Espíritu Santo envió.
En la 4ª: quien te llevó al cielo.
En la 5ª: quien te coronó en el cielo.

En 1925 faltaban todavía 77 años para que fueran introducidos los misterios luminosos, por lo que no constan en dicho libro, pero hemos encontrado en medios angloparlantes las siguientes formulaciones:

Misterios luminosos:
En la 1ª decena: quien en el Jordán fue bautizado.
En la 2ª: quien se reveló a sí mismo en las Bodas de Caná.
En la 3ª: quien el Reino de Dios anunció.
En la 4ª: quien fue transfigurado.
En la 5ª: quien la Eucaristía instituyó.

Anuncios