Diferencia entre la devoción al Corazón de Jesús y las devociones

Debe ser Jesucristo Nuestro Señor el centro de nuestro corazón, la saciedad de todos nuestro deseos, el bello ideal de todas nuestras aspiraciones.

La devoción al Divino Corazón consiste sustancialmente en amar entrañablemente a Jesucristo Nuestro Señor por lo mucho que Él nos ama y por lo poco que nosotros lo amamos.

De esta devoción al Corazón de Jesús fluirán espontáneamente las prácticas piadosas o devociones en honor a este Corazón.

Hemos de tener mucha, muchísima devoción; y más o menos devociones, según las circunstancias y el gusto que a cada uno le inspire el Señor.

Trascendencia de la devoción al Sagrado Corazón

Esta devoción es la más trascendental, por ser nuestra Religión la Religión del amor y es esta devoción esencialmente devoción de amor. «Es la quinta esencia del cristianismo, el compendio, el sumario sustancial de toda religión» (Monseñor Pie). Da forma y vivifica toda la teología y es la clave del colosal edificio del catolicismo y la última y única explicación satisfactoria de nuestra sacrosanta Religión.

Es la más grandiosa y la que más frutos de santificación produce actualmente en la Santa Iglesia, y la más rica en promesas.

Promesas del Salvador a los devotos de su Sagrado Corazón

Tanto empeño tiene el Señor en que veneremos su amor simbolizado en su Corazón de carne y así le devolvamos amor por amor, que ofreció magníficas recompensas a los que así lo hagan. «Los tesoros de bendiciones y gracias, decía santa Margarita María, que encierra el Sagrado Corazón, son infinitos. No sé que haya en la vida espiritual ejercicio de devoción más a propósito para elevar, en poco tiempo, un alma a la más elevada perfección y para darle a gustar las verdaderas dulzuras que se encuentran en el servicio de Jesucristo. Procuren, ante todo, que la abracen las personas religiosas, porque sacarán tantos auxilios de ella, que no hará falta otro medio para restablecer el primitivo fervor en las Comunidades más relajadas y para llevar a la cumbre de la perfección a las que viven en estrecha observancia».

Autor: P. José M. Sáenz de Tejada

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