Carta para la Fiesta del Corazón de Jesús 2013 [Resumen]

Servidores de la reconciliación

          El sentirse amados de Dios, revoluciona la formar de mirarse a sí mismos, a los otros y al mundo. Cambia el modo de ver los propios límites y necesidades, de descubrir el propio valor y la dignidad, de aceptar ser pequeño y débil, en las manos de un Padre que es potente, bueno y misericordioso. Es el manantial de nueva energía y esperanza, que no aísla egoístamente a la persona, sino que la coloca dentro de una amplia familia, para construir un mundo nuevo. En este sentido, la constatación del límite y del mal puede convertirse en experiencia de misericordia y en camino de esperanza.

Dios hace posible esta nueva vida, pero no quiere (no puede) vivirla por nosotros. Éste es el camino del Corazón que caracteriza la perspectiva contemplativa y activa de nuestra herencia carismática. Abrir, sanar, purificar, educar y modelar el propio corazón según el Corazón de Jesús es posible por la acción de su Espíritu en nosotros. Esto comienza mediante la apertura a Dios que lleva a la reconciliación consigo mismo y con la propia historia. Pero se abre también a una relación cordial con los demás y a la participación en la construcción de una humanidad reconciliada. Este camino se apoya en tres columnas: un corazón que escucha, abierto a Dios y al susurro del Espíritu Santo; un corazón fraterno, capaz de construir comunión y colaboración con los demás; un corazón solidario, generosamente sensible al grito de los más débiles y a la necesidad de reconciliación en el mundo.

En la progresiva sanación del corazón, tiene un papel importante el sacramento de la reconciliación. Estos encuentros no son simples ritos que cumplir regularmente para anular las culpas del pasado o condonar las deudas con Dios. El encuentro sacramental con la misericordia de Dios tiene efectivamente una dimensión dirigida al pasado de las culpas y de los pasos equivocados, pero no puede destruir este pasado y, frecuentemente, es incapaz de remediar todas las consecuencias negativas de tales errores. Lo que sí puede hacer es librarnos del mal mismo que nos ha hecho caer, hacernos ver las cosas con ojos nuevos, para que se pueda buscar la reparación, en la medida de lo posible, del mal hecho y construir un futuro nuevo. Esto nos hace entender el sacramento de la reconciliación, no como un acto restringido a la persona, sino como núcleo importante de un camino de reconciliación, que implica a la comunidad entera, para reparar el mal, reintegrar a los pecadores y renovar la vida.

Reconciliados al servicio de la reconciliación

        ¿Qué motivación puede mover a una persona para dedicarse a la obra de la reconciliación hasta el don de la vida? Pablo responde así: “El amor de Cristo nos urge al pensar que uno ha muerto por todos” (2Cor 5, 14). La conciencia del amor de Cristo que lo ha amado y reconciliado consigo, cuando todavía era perseguidor y enemigo, ha cambiado radicalmente la vida de Pablo y le ha dado una nueva dirección. Desde aquel momento, su vida está unida a la de Cristo: “La vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20). De hecho, ninguna otra motivación puede ser suficiente para mover a alguien a ponerse, de este modo, al servicio de la reconciliación.

A cada uno de los que quieren empeñarse en este servicio les viene dirigida la misma pregunta que el Señor resucitado dirige a Pedro antes de confiarle el cuidado de los hermanos: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas? (Jn 21). Sin este encuentro con el amor de Cristo reconciliador no hay un verdadero servicio de reconciliación.

En el encuentro con el amor de Cristo, Pedro y Pablo han sido reconciliados para reconciliar. También ellos han tenido que purificar las propias motivaciones en el contacto con el Maestro y especialmente con el misterio de su muerte y resurrección. La experiencia de la propia debilidad y del amor los ha curado, modelado y perfeccionado para convertirse en embajadores creíbles de la reconciliación de Dios.

A todos los hermanos y a los miembros de la Familia Dehoniana presentamos los mejores deseos para la fiesta del Corazón de Jesús. Que ella pueda consolidar nuestra reconciliación y unidad, renovar la alegría de nuestro servicio y alimentar la esperanza en la obra que el Espíritu está realizando en medio de nosotros.

 

P. José Ornelas Carvalho
Superior General SCJ
y su Consejo

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