La amistad entre Dios y el hombre (Padre Dehon)

“El amor no conoce el temor, la caridad perfecta aleja el temor. El temor es penoso; lo que se teme no es perfecto en el amor. Nosotros amamos a Dios, que nos amó primero” (Carta de san Juan, cap. 14).

 I. La caridad es una amistad del hombre con Dios

Para comprender mejor lo que dice el Apóstol amado, nos hizo recordar el principio que propuso santo Tomás: la esencia de la caridad consiste en la amistad íntima que existe entre Dios  y el hombre, amistad que supera lo que un padre siente por su hijo, un amigo por su amigo, un esposo por su esposa; amistad inefable en la cual no podría creer, si la Escritura y los santos doctores no nos la atestiguan (II-II, q. 23 ss.)

Antes de llegar más lejos, no omitamos decir que el acto de amor es puramente interior. Es un aliento del alma hacia Dios, es el beso tierno del más tierno de los padres al que solo se puede solicitar por el seguro sobrenatural de su gracia. Porque el hombre no tiene nada en sí mismo que le pueda merecer esta divina sociedad.

El ejercicio del amor, que exalta tanto santo Tomás, fue fuertemente despreciado por las tendencias rigoristas de los dos últimos siglos. Supuestos doctores lo hacen un poco casi imposible por la exigencia imperiosa. Otros, obedeciendo a una especie de pelagianismo, y alguna vez con una muy buena intención, ignoran el resto de las enseñanzas del Angélico, no viendo, de hecho, actos de amor más que en las acciones exteriores. Ellos los restringen a la pura observancia de los mandamientos y de los deberes, pero no prestan atención a que el primer mandamiento es totalmente distinto a los otros, y que para observar la ley divina en todas sus prescripciones, el hombre necesita un auxilio extraordinario y sobrenatural que solo el amor puede dar. Es, dice san Alfonso, querer obligar a un ave a volar tras haberle cortado las alas.

El acto de caridad es un acto de amor humano, tal como lo conocemos de ordinario, parte de un acto del corazón, pero elevado por la gracia en el orden sobrenatural, y su objeto es Dios que responde: por eso el auxilio sobrenatural nos es necesario. Así es verdad que el acto de caridad perfecto es, a la vez, imposible en la sola naturaleza humana y muy fácil con la gracia, porque Dios nos da toda la fuerza de su Espíritu.

II. El intermediario de esta amistad es el Corazón de Jesús

Pero, ¿cómo contrae Dios tal sociedad íntima con nosotros por el amor? Por el Corazón Sagrado de Jesús, intermediario de esta amistad. Es este divino Corazón lo que ama en nosotros porque le pertenecemos, y de este Corazón, el Espíritu Santo viene a nosotros y hace exhalar de nuestra pobre alma gemidos inefables por los que llamamos a Dios nuestro Padre, según la expresión familiar que emplea san Pablo: Abbá, Padre.

En definitiva, es el Corazón de Jesús el que ama por nosotros; es a la vez, el órgano del amor que Dios tiene por nosotros, y el del amor que nosotros tenemos por Dios; es todo para nosotros y somos todo en él: Por él, con él y en él. Sólo por el Corazón de Jesús se puede establecer entre Dios y nosotros esta sociedad admirable de las pobres criaturas con su creador, con Dios que se convierte en nuestro Padre y nuestro amigo. Por el Sagrado Corazón tratamos filialmente, se puede decir amigablemente, con este gran Dios tan fuerte y superior a nosotros. ¡Qué verdades tan bellas, tan admirables, pero tan desconocidas!

Para que esta sociedad sea más íntima, dirijamos de ordinario todos nuestros actos de amor no a Dios directamente, sino al mismo Sagrado Corazón. La razón es que Nuestro Señor se ha hecho totalmente nuestro hermano, nuestro amigo y nuestro esposo, y el temor se escurrirá de nuestros actos de amor si nos dirigimos directamente a él. De otra manera, este Corazón, que es un corazón de hombre, es también el Corazón de Dios; consiguientemente, un acto de amor que va al Sagrado Corazón se dirige a Dios. Por otra parte, el Sagrado Corazón ofrece a Dios Padre todo lo que le ofrecemos de una manera infinitamente más digna de la majestad divina.

P. Dehon, Coronas de Amor II, Ed. Española, p. 240-242 [Online: 220-230]

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