Enseñanzas de Santa Teresita sobre el Sagrado Corazón (1/3)

Comenzamos una serie de 3 artículos en los que de la mano de Santa Teresa de Lisieux nos iremos hasta las profundidades de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y nos introduciremos en el espíritu de “víctima de amor”.

Santa Teresita fue elegida por Dios para llevar a su cima la comprensión de la doctrina del amor de Dios. Ella es el último eslabón de una larga cadena que comienza con Santa Gertrudis y Santa Matilde y pasa por Santa Margarita María.

El padre Dehon, en los últimos meses de su vida lee a Santa Teresita y concluye: “Nosotros hemos nacido del espíritu de Margarita María en el cual nos acercamos al de Sor Teresa. Sigamos la atracción que la gracia nos inspira.”.

9 de junio de 1895.  Domingo. Fiesta de la Santísima Trinidad.  Radiante mañana de primavera.  En el corazón de Teresa se realiza, durante la celebración de la Eucaristía, un maravilloso encuentro con el Dios del Amor. Jesús le concede «la gracia de comprender más que nunca cuánto desea Jesús ser amado. (Ms A, 84rº). Esta luz es de una intensidad deslumbradora.

«Cuánto desea Jesús ser amado.» El giro pasivo de la expresión reserva, a quien lo estudia más de cerca, una sorpresa: este deseo de ser amado se presenta, en primer lugar, como la acción de alguien que ama (activamente).  Es Dios quien toma la iniciativa.  Y amar a Jesús (activamente) se revela como ser amado por él (pasivamente), como dejarse amar por él, como abrirse a las oleadas de su amor.

«Pensaba -escribe ella- en las almas que se ofrecen como víctimas a la justicia de Dios a fin de desviar y atraer sobre sí los castigos reservados a los culpables.» La estricta justicia de Dios está, en efecto, en muy alto honor en este tiempo teñido de jansenismo. Un libro sobre la espiritualidad carmelitana, que lleva el dudoso título de Tesoro del Carmelo, llega a ver en la ofrenda de sí como víctima a la Justicia uno de los fines de la Orden. (El P. Piat decía, muy justamente, de este libro, que de ciertos pasajes del mismo emanaba una atmósfera rigorista y aterrorizante.) Y porque Teresa, esa mañana, se siente interiormente urgida a darse más intensamente a Dios, tal vez, en un primer reflejo, piensa en este género de ofrenda.  Sea de ello lo que fuere, la verdad es que Teresa no siente simpatía alguna hacia este género de ofrenda. ¿Cómo podría ella, pobre pequeño ser, echarse sobre sus frágiles espaldas tan aplastante carga?

Además, la luz que la inunda y penetra es una luz suavísima.  En esta mañana de primavera, lo ilumina y esclarece y calienta todo el sol de la misericordia de Dios, que Teresa ve alzarse cada vez más alto desde hace meses.  En una arrebatada súplica, exclama: «¡Oh, Dios mío!, (…) ¿sólo tu justicia recibirá almas que se inmolan como víctimas?… ¿No tiene también tu amor misericordioso necesidad de ellas?… En todas las partes es desconocido, rechazado.  Los corazones a los que deseas prodigárselo se vuelven hacia las criaturas, mendigando en su miserable afecto la felicidad, en lugar de arrojarse en tus brazos y aceptar tu amor infinito…

¡Oh, Dios mío! ¿Deberá tu amor despreciado quedarse encerrado en tu corazón?  Creo que si encontraras almas que se ofrecieran como víctimas de holocausto a tu amor, las consumarías rápidamente.  Creo que te sentirías dichoso de no verte obligado a reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en ti… ¡Oh, Jesús mío, que sea yo esa víctima feliz, consuma tu holocausto con el fuego de tu divino amor!… » (Ms A, 84rº.)

Terminada la celebración de la Eucaristía, Teresa empieza a redactar un «Acto de ofrenda de sí misma». ¡Este detalle de tiempo revela cuán serio es lo que va a hacer! ¡Se trata de una donación o entrega definitivas!  El hecho de que el texto sea escrito nos garantiza, por lo demás, una expresión fiel de sus ideas. Este documento, que fija un momento privilegiado de su itinerario interior, se ha conservado.

La unidad de su Acto de ofrenda con el «caminito de infancia» es patente. No se puede decir: la infancia espiritual es una cosa, la ofrenda al Amor misericordioso es otra.  A partir de ahora, una profunda coherencia reina en la vida de Teresa, todo gira en torno a un eje único y definitivo. La ofrenda encaja perfectamente en lo más íntimo del trazado del caminito. Sin embargo, el revestimiento simbólico es diferente y hay en él un crecimiento intensivo.

Examinemos más de cerca este «acto». Comienza así:

«¡Oh, Dios mío, Trinidad bienaventurada, deseo amarte y hacerte amar… (…) Deseo cumplir perfectamente tu voluntad y llegar al grado de gloria que me has preparado en tu reino.  En una palabra, deseo ser santa, pero siento mi impotencia, y te pido, ¡oh, Dios mío!, que tú mismo seás mi santidad». 

El fin (la santidad), la situación de hecho (la impotencia), la solución (la actividad santificadora de Dios mismo) no son aquí cosas nuevas.

Luego, Teresa habla de lo que fundamenta su petición llena de confianza.  Son los méritos de la humanidad de Jesús.  Es la promesa que él mismo hizo de que todo lo que pidiéramos al Padre en su nombre nos sería concedido (cf.  Jn 16, 23).  Mirando seguidamente las cosas de una manera más psicológica, vemos que la carmelita apoya su atrevida esperanza sobre el hecho de que siente dentro de su corazón un gran deseo.  Como anteriormente, pero con mayor intensidad después de tantas luces, está convencida de que Dios no puede inspirar deseos irrealizables.  Ahora dice, citando a san Juan de la Cruz: «Cuanto más quieres dar, tanto más haces desear».

Tras una digresión, Teresa afirma su antiguo proyecto de vivir en una total dependencia respecto a la misericordia de Dios que la atrae, y a la que ella se confía como un pobre. Formula como una especie de voto de pobreza espiritual:

«No quiero amontonar méritos para el cielo; quiero trabajar sólo por tu amor, con el único fin de complacerte, de consolar tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente.  En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que cuentes mis obras.  Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos.  Quiero, por eso, revestirme de tu propia justicia, y recibir de tu amor la posesión eterna de ti mismo.  No quiero otro trono ni otra corona que a tú, ¡oh Amado mío!… »

Sor Teresa sabe muy bien que Jesús va mucho más allá de nuestros esfuerzos: «Puedes (…) en un instante prepararme a comparecer delante de ti… 

Sigue ahora la ofrenda propiamente dicha. Teresa se entrega a sí misma amorosamente en un acto de súplica.  Es el movimiento lógico del hombre que ha logrado penetrar en las profundidades del Amor misericordioso de Dios.

«A fin de vivir en un acto de perfecto amor, YO ME OFREZCO COMO VICTIMA DE HOLOCAUSTO A TU AMOR MISERICORDIOSO, suplicándote que me consumas sin cesar, dejando que se desborden en mi alma las olas de ternura infinita que están encerradas en ti, para que así llegue yo a ser mártir de tu amor, ¡oh, Dios mío…. Que este martirio, después de haberme preparado a comparecer delante de ti, me haga por fin morir, y que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo de tu misericordioso amor… Quiero, ¡oh Amado mío!, renovarar esta ofrenda a cada latido de mi corazón, un número infinito de veces, hasta que habiéndose desvanecido las sombras, ¡pueda yo repetirte mi amor en un cara a cara eterno!… »

Pasando más allá de los límites de la pobreza y del tiempo, Teresa se establece en el corazón del Santísimo, que está pronto a llenar todas las manos vacías que se le tienden y abren con plena esperanza.

En cierto modo, el «caminito» exigía también esta «ofrenda».  Esta viene a ser como el corazón del «caminito», es su expresión en forma de súplica, es su deducción lógica.  Puede hablarse perfectamente de progreso respecto a la «Ofrenda», que es el fruto de una experiencia más íntima.  Han pasado ya seis meses.  Teresa ve ahora «más que nunca» ;la misericordia de Dios y se entrega a ella con una intensidad más acrecentada aún.  Es un movimiento interior de cada instante.

Es verdad que el material simbólico es muy diferente en el «caminito» y en la «Ofrenda».  En el «caminito» Teresa emplea las imágenes del grano de arena, de la montaña, del niño, del ascensor, de los brazos que llevan.  A excepción de la imagen de los brazos (que en el segundo caso ya no llevan sino acogen), estos símbolos ya no aparecen en la «Ofrenda».  Aquí se habla de olas que se desbordan y de holocausto que el fuego consume; interviene, además, el revestimiento de la justicia que envolverá a Teresa.  Pero el contenido es el mismo.

Añadamos todavía algunas observaciones.  En la mente y en el corazón de Teresa, la «Ofrenda a la misericordia de Dios» no constituye en manera alguna una especie de talismán. ¡No se trata de un pequeño «truco» espiritual!  Ciertamente, no basta pronunciar el «acto» una vez para siempre.  Debe convertirse en algo vital, en algo que surja desde lo más íntimo «a cada latido del corazón., como dice Teresa.  Más que con las palabras, esta ofrenda suplicante ha de ser renovada, revitalizada, con la vida misma.  Insiste en apoyarse incansablemente en la confianza.

La «Ofrenda» tampoco conduce a la pura pasividad.  Por lo demás, un estado de exclusiva receptividad es extremadamente raro en la vida espiritual.  Debe mantenerse el alma abierta a la acción de Dios, aplicándose fielmente, en pobreza, al cumplimiento en ella de la voluntad de Dios.

Para terminar, una observación de vocabulario.  En lo sucesivo, a los ojos de Teresa, el amor de Dios es misericordia por constitución, y, a la inversa, la misericordia está totalmente impregnada de amor.  Vemos que la expresión «Amor misericordioso» ya no aparece apenas en el quehacer de su pluma.  Le parece algo así como un pleonasmo: decir en dos palabras lo que se puede decir en una.  Una sola palabra basta: «amor», muy corta.  Y cuando Teresa, al final de su primer manuscrito autobiográfico, redacta una pequeña lista de las fechas memorables de su vida, llama simplemente al 9 de junio: ofrenda de sí misma al «Amor».

Padre C. de Meester

 

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