Enseñanzas de Santa Teresita sobre el Sagrado Corazón, Parte 2 de 3

El 9 de junio de 1895 ha puesto en libertad muchas cosas en el corazón de Teresa.  Realmente, los diques se han roto, y las olas del amor de Dios, que ella ha invocado en su ardiente súplica, inundan ya el campo de su alma.  Es un período de fiesta interior, resplandeciente de vida, una invasión de alegría y de experiencia de Dios.  Nunca la contemplativo se había sentido tan invadida por el sentimiento de Dios.  El desierto de otros tiempos se ha convertido en una nueva creación: «Yo haré brotar manantiales en las alturas peladas, y fuentes en medio de los valles.  Tornaré el desierto en estanque, y la tierra seca en corrientes de aguas» (ls 41, 18).  Por el corazón de Teresa corren a oleadas «ríos de agua viva», como lo había prometido Jesús haciendo alusión al Espíritu (cf.  Jn 7, 38-39).  Como en el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz (canción 15), el Esposo se ha convertido para la pequeña esposa en -los levantes de la aurora, en música callada, en soledad sonora, en cena que recrea y enamora».

 

Este período tiene un carácter netamente místico.  Seis meses después de la consagración a la Misericordia, la carmelita evoca éstas nuevas olas y oleadas:

«Madre mía querida conoces los ríos, o mejor, los océanos de gracias que han venido a inundar mi alma… ¡Ah!  Desde aquel día feliz me parece que el amor me penetra y rodea, me parece que ese amor misericordioso me renueva a cada instante, purifica mi alma y no deja en ella huella alguna de pecado» (Ms A, 84rº.)

Es un tiempo en que vive de la mano de Dios:

«Ahora, no tengo ya ningún deseo, si no es el de amar a Jesús con locura… » (Ms A, 82vº.)

¡Pero cómo ha logrado este deseo desembarazarse de toda ambición y de todo plan personal!  Ahora, el camino de la santidad es claro como el sol:

«Sigo sintiendo la misma confianza audaz de llegar a ser una gran santa, pues no me apoyo en mis méritos, no tengo ninguno, sino en aquél que es la Virtud, la Santidad misma.  El solo, contentándose con mis débiles esfuerzos, me elevará hasta sí, y, cubriéndome con sus méritos, me hará santa» (Ms A, 32vº).

¡Cómo se ha convertido ahora su esperanza en teologal, apoyada no en sí misma, sino en el amor de Jesús hacia los hombres, de este Jesús de quien nos viene, como un don, toda la fuerza, y que se halla en estado de trasformar nuestras lagunas en espacios abiertos a sus larguezas!

«No deseo tampoco ni el sufrimiento ni la muerte, aunque sigo amándolos a los dos; pero es el amor el único que me atrae… (…) ¡Ahora, sólo el abandono me guía, no tengo otra brújula!… Ya no puedo pedir nada con ardor excepto el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios sobre mi alma, sin que las criaturas logren ponerle obstáculos.» (Ms A, 83rº.)

santa teresita eucaristía

Este estado dura hasta la Pascua de 1896. «Gozaba por entonces de una fe tan viva, tan clara, que el pensamiento del cielo constituía toda mi felicidad» (Ms C, 5rº).  Su primer vómito de sangre, el Viernes Santo, le produce un gozo intenso, como si escuchara ya la señal de la próxima llegada del Esposo (cf.  Ms C, 5 rº).

Pero la esposa no está totalmente preparada todavía.  El sufrimiento debe reanudar su actividad purificadora.  El sol desaparece del cielo.  Cae la noche y hunde la fe de Teresa en espantosas tinieblas.  Mientras sube hacia el cielo en el ascensor, según expresión suya, la luz se apaga repentinamente en la caja del ascensor: no sabe ya dónde se encuentra, ni cuánto tiempo durará el apagón, ni si será todavía posible un salvamento.  No queda más que la pura fe y la confianza ciega en la omnipotencia de Dios salvador. Obrando como pedagogo avisado, el Señor le ha concedido al principio unos meses de alegría desbordante: esta profunda experiencia de la Misericordia de Dios deberá sostener y mantener ahora a Teresa en su fe desnuda.

Se realiza ahora la salida de sí misma a lo largo de «un sombrío túnel». Es un «país triste». Una «densa bruma» reina en él.  Es como si nunca antes se hubiera visto el sol. las tinieblas hablan con una voz burlona que grita: «Sueñas con la luz, (…) Sueñas con la posesión eterna del Creador de todas estas maravillas. Crees poder salir un día de las brumas que te rodean. ¡Adelante! ¡Adelante! Gózate de la muerte, que te dará, no lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nada». Y la pequeña sor Teresa queda aterrada ante la idea de proseguir en su descripción: «Temería blasfemar»(Ms C, 5vº-7rº).

La fe ahora no es ya un ligero «velo».  Es un «muro que se alza hasta los cielos y cubre el firmamento estrellado». ¡Mas nunca ha vivido tan intensamente de la fe! «Aun no gozando de la alegría de la fe, procuro al menos realizar sus obras.  Creo haber hecho más actos de fe de un año a esta parte que en toda mi vida.- A pesar de todo, gracias a su confianza ciega, a su abandono, puede exclamar: «Señor, me colmas de ALEGRIA con TODO lo que haces».  Hoy, se halla en estado de comprender que existan ateos.  En otro tiempo «(le) parecía que hablaban en contradicción con sus convicciones íntimas al negar la existencia del cielo».  Ahora, lo sabe: la fe es una gracia a la que nuestra alma debe permanecer siempre abierta.  Percibe con agudeza la importancia que tiene la oración hecha en favor de los demás. Fija objetivos a su sufrimiento. Lo ofrece por los incrédulos y los pecadores. Contemplando su propia pobreza, se siente solidaria.  Sabe que está sentada «a la mesa de los pecadores».  Como una buena ama de casa, quiere comer con ellos «el pan del dolor».

Teresa hubo de conocer y sufrir terribles dudas contra la fe, antes de morir a los veinticuatro años en su Convento. Nada quedaba de su fe fuera de su postrer abandono: quiero creer, ven en ayuda de mi poca fe. Esta joven se convertía, así, en una santa digna de ocupar un lugar entre los héroes citados en Hebreos 11. En medio de la gran crisis de fe que sus contemporáneos en Europa -tanto intelectuales como obreros- estaban atravesando, ella soportó este sufrimiento con ellos, sumida en el más extremo abandono al amor durante dieciocho meses. ¡Cuántas vidas han hallado ahí su nacimiento!

Padre Meester

Anuncios