La oración “Jesús, que vives en María”

Esta oración aparece en el libro de oraciones de la Congregación en los tiempos del padre Dehon, es de la tradición oratoriana-sulpiciana, que sabemos influyó mucho en el padre Fundador, fue compuesta por los padres Charles de Condren (1588-1641) y Jean-Jacques Olier (1608-1657).

Jesús, que vives en María
ven y vive en tus servidores,
por tu espíritu de santidad,
con la plenitud de tu poder,
por la perfección de tus caminos,
con la verdad de tus virtudes,
en comunión con tus misterios,
domina todo poder enemigo,
con tu espíritu para la gloria del Padre.

¿Qué pedimos en esa oración?

La vida interior con todos los elementos que la constituyen, la cual no es sino una participación de la misma vida que Jesús comunica con su Madre, y que le pedimos nos comunique a nosotros.

A) Ven y vive: Puesto que Jesús que vive en María es el manantial de esa vida, le pedimos humildemente que venga a nosotros y en nosotros viva, prometiéndole someternos dócilmente a su acción.

a)  Viene a nosotros como viene a María, por medio de su Espíritu divino, por la gracia: siempre que ésta crece en nosotros, crece a la par en nosotros el Espíritu de Jesús; viene a nosotros el divino Espíritu y hace que nuestra alma se asemeje más a la de Jesús así como a la de María.
b) Vive en nosotros por medio de la gracia, que nos mereció y nos reparte por su divino Espíritu: “obra en nosotros el querer y el hacer” (Fil 2,13); es el principio de nuestras buenas disposiciones interiores, así que nuestros actos ya no proceden sino de Jesús, y por esto nos comunican su propia vida, su sentir, su querer y su desear. Podemos, pues, decir con San Pablo: “Vivo yo, mas no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20).
c) En tus servidores: Para que así sea, es necesario que, como servidores fieles nos dejemos gobernar por él, y con él cooperemos a la obra que en nosotros hace; como la humildísima Virgen debemos decirle de todo corazón: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).  Sabedores de nuestras miserias y de nuestra incapacidad, no nos queda sino obedecer rápidamente a las más leves inspiraciones de la gracia. Servicio honroso es a éste “a quien servir es reinar” (San Bernardo); servicio de amor que nos somete al que es para nosotros ciertamente un Dueño, pero también un Padre y un amigo, y que no nos manda cosa alguna que no sea para el bien de nuestras almas. ¡Abramos, pues, de par en par el corazón a Jesucristo y a su Espíritu divino, para que reine en él como reina en el Corazón de nuestra Madre!

 B) Por tu espíritu de santidad: Porque es Jesús la fuente de la santidad, le pedimos que viva y obre en nosotros, para que nos comunique su santidad interior.

La santidad que le pedimos que nos comunique es la gracia que es primeramente el horror al pecado, y el apartamiento de todo cuanto pueda llevarnos; un perfecto desasimiento de las criaturas y de toda mira egoísta; pero también es una participación de la vida divina, una unión íntima con las tres divinas Personas, un amor de Dios por encima de cualquier otro cariño, en suma, la santidad positiva.

Con la plenitud de tu poder: Pero porque no podemos alcanzarla con nuestras propias fuerzas, le rogamos que venga a nosotros con la plenitud de su poder y de su gracia. Y también, porque razón hay para temer que alguna vez intentemos rebelarnos, le decimos además, tomándolo de la Iglesia, que someta a su voluntad nuestras rebeldías (Liturgia Domingo IV después de Pentecostés, oración secreta).

Pedimos pues una gracia eficaz que, respetando nuestra libertad, toque los resortes secretos de la voluntad para sacar de ella el consentimiento; una gracia que no se detenga ante nuestras repugnancias instintivas o nuestra loca oposición, sino que suave y fuertemente obre en nosotros el querer y el hacer.

C) Por la perfección de tus caminos: Porque no podemos alcanzar la santidad sin la imitación de nuestro divino Modelo, le pedimos que nos lleve por la perfección de sus caminos, o sea, que nos mueva a imitarle en su modo de obrar, en sus obras exteriores e interiores, en cuanto que son perfectas en sumo grado. Dicho de otra manera, le pedimos ser retratos vivos de Jesús, otros cristos, para que podamos decir a nuestros discípulos, como San Pablo: “Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11, 1).

D) “En la verdad de tus virtudes.” Las virtudes que pedimos son virtudes reales y verdaderas, y no las solamente aparentes. Porque hay algunas que guardan un espíritu pagano, sensual y soberbio, disimulado con un color de virtud puramente externa. No está en ellas la santidad. Las que Jesús nos trae son virtudes interiores, que crucifican: la humildad, la pobreza, la mortificación, la castidad perfecta de espíritu y de corazón, así como la del cuerpo; virtudes unitivas, el espíritu de fe, de esperanza y de amor. Éstas son las que hacen al cristiano ser tal y lo transforman en otro Cristo.

E) “En comunión con tus misterios”. Esas virtudes las practicó Jesús principalmente en sus misterios, y por eso le pedimos que nos haga participantes de la gracia de ellos. Estos misterios son ciertamente todas las principales obras del Señor, pero en especial los seis grandes misterios que describe Olier en su Catecismo cristiano: la Encarnación, que nos invita a despojarnos por entero del amor propio para consagrarnos del todo al Padre en unión con Jesús: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb 10, 7); la crucifixión,muerte y sepultura, que representan los grados de la inmolación total, por la que crucificamos nuestra mala naturaleza, y procuramos matarla y sepultarla para siempre; la Resurrección y la Ascensión, que representan el desasimiento perfecto de las criaturas y la vida celestial que queremos llevar para ir al cielo.

F) “Para dominar todo poder enemigo”. Nunca podremos conseguir esta perfección, si no viene Jesús para dominar en nosotros a toda potencia enemiga: a la carne, al mundo y al demonio: Estos tres enemigos no dejan de asaltarnos continuamente, y nunca acabaremos con ellos en esta vida; pero Jesús, que los venció, puede atarlos y someterlo, dándonos gracias eficaces para hacerles frente: esto es lo que le pedimos con toda humildad.

3º Y, para conseguir mejor esta gracia, decimos abiertamente no intentar con él otro fin que la gloria del Padre, que procuraremos bajo la acción del Espíritu Santo: “con tu espíritu para gloria del Padre”. Puesto que vino a la tierra para glorificar a su Padre: “Yo honro a mi Padre” (Jn 8, 49), dígnese acabar su obra en nosotros, y comunicarnos su santidad interior, para que con él y por él podamos también nosotros glorificar al Padre y hacer que sea glorificado en torno nuestro. Entonces seremos verdaderos miembros de su cuerpo místico, religiosos de Dios; vivirá y reinará en nuestros corazones para mayor honra y gloria de la Santísima Trinidad.

Fuente: Adolpho Tanquerey. Compendio de teología ascética y mística. E. Palabra. 4º edición. 2002. Págs. 844-847.

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