Enseñanzas de Santa Teresita sobre el Sagrado Corazón (3/3)

Algunas veces, es verdad «un pequeño rayito de sol» traspasa las nubes, pero se trata de un rayo fugitivo como un relámpago: «Entonces la prueba cesa por un instantePero luego, el recuerdo de este rayo de luz, en lugar de causarme gozo, hace más densas mis tinieblas». 

Uno de estos pequeños rayos de luz ha debido de ser el sueño del 10 de mayo de 1896, durante el cual Teresa se encuentra con la Venerable Ana de Jesús, que trasplantó de España a Francia y a Bélgica la reforma teresiana (cf.  Ms B, 2rº).  Otro momento de gran felicidad es aquél en que, durante su oración interior, recibe una respuesta a los deseos apostólicos que la atormentan: una comprensión deslumbradora del valor que tiene el amor.  Teresa conoce aquí definitivamente su lugar, el que debe ocupar: en el corazón del Cuerpo Místico que es la Iglesia, Teresa será el amor.  Estas dos experiencias quedan relatadas en el que se ha llamado Manuscrito B, la segunda parte de la autobiografía.  Este pequeño tratado -originalmente una carta a su hermana sor María del Sagrado Corazón- es un documento de un valor inmortal y la Carta Magna de su doctrina sobre la infancia espiritual.

Tenemos que hacer algunas observaciones previas acerca de la estructura externa y material de esta carta, que tiene una historia bastante singular.  Teresa empieza por tomar dos grandes folios de papel de cartas, los pliega en dos y los llena completamente: éstos por tanto, hacen ocho páginas.  Luego toma un nuevo pliego grande, lo dobla en dos a guisa de cubiertas para los dos folios ya escritos, y se encuentra por consiguiente ante una nueva primera página, que llena igualmente.  Lo que actualmente figura como primera parte del Manuscrito B en la edición francesa en facsímil y en la edición francesa impresa [y en la española], no fue escrito de hecho, cronológicamente, sino como segunda parte.  Por consiguiente, en este orden hemos de leer el manuscrito, pues las primeras páginas sintetizan y esclarecen a las siguientes.

La carta es depositada entonces a la puerta de María.  Pero María no comprende.  El centro y fondo de su contenido escapan a su comprensión.  Abre asombrada los ojos ante los deseos impetuosos de su joven hermana, -¡la más joven!-, se desanima, y termina por pedir explicaciones más precisas.  Estas llegan inmediatamente: es la carta del 17 de septiembre de 1896, que viene a ser corno la tercera parte del Manuscrito B: una nueva tentativa para poner en su punto la esencia de la «pequeña doctrina» (ésta es la expresión misma de Teresa).  No podemos exponer aquí más que las líneas maestras de estas páginas, que pertenecen a lo que hay de más sublime en la historia de la literatura espiritual.

El camino de la pequeñez

El relato del sueño alentador del 10 de mayo es, según Teresa, un bello preludio a lo que a continuación expone.  En el curso de su sueño, emerge del inconsciente -¡Teresa está, pues, en él profundamente viva!- la pregunta: «¿Acaso Dios no me pide algo más que mis pobres pequeñas acciones y mis deseos? ¿Está él contento de mí?» Y recibe una respuesta afirmativa.  La alegría despierta a Teresa.  Este sueño quedará grabado para siempre en su corazón, y siempre verá en él una señal del Señor en medio de la oscura prueba en que se halla inmersa, una garantía de que su camino es recto.  Precisamente porque en esto ve ella resumido su «caminito»: hacer todo lo que pueda con sus «pobres pequeñas acciones» y, en cuanto a lo demás, con sus «deseos»; confiar en que el Señor se contente con su impotencia y que te dé lo que ella no puede adquirir por sí mismaDe ahí que este relato constituya una introducción ideal a la «pequeña doctrina» de Teresa.

Prestemos atención, por un instante, a estas palabras: «pobres pequeñas acciones».  En Teresa, no son éstas palabras vacías, diminutivos corrientes, con el fin de presentar más graciosamente las cosas. ¡Esta gran contemplativa carga de sentido las fórmulas que emplea!  Cree lo que dice y está convencidísima de su pobreza y de sus limitaciones.  En esta línea hemos de interpretar el frecuente uso de la palabra pequeño en el Manuscrito B. La pequeñez es el clima vital de Teresa, pero adivinamos cuánta nobleza se esconde en esa palabra-clima.  Pequeñez es aquí hondura de humildad, olvido de sí, espacio libre para ese Dios infinitamente más grande que ella, verdad, libertad para el servicio.  Estos son los pobres, los pequeños a los que Jesús declaró bienaventurados en el Sermón de la montaña.  Teresa se cuenta resueltamente en su número y compañía.  Mira a las «almas pequeñas” como amigos privilegiados de Jesús, y aun propiamente hablando, como la única clase de amigos a los que él ama. quien no se hiciere como niño, no obtendrá el Reino de los cielos, dice Jesús a todos los hombres (cf.  Mt 18, 3).

Teresa quiere evitar toda perspectiva de grandeza.  Recuerda sus «infidelidades», sus «flaquezas», sus «faltas».  En ningún momento se coloca al lado de los perfectos.  Resulta típico ver cómo en esta carta subraya incansablemente la expresión «almas pequeñas»: ¡hasta siete veces!  Es ahí, entre ellas, donde se sitúa. ¡Para ellas escribe su pequeña doctrina! Sabe que esas almas son legión.  En el fondo, describe el camino que todo hombre debe seguir.

Es pequeñez no se opone en nada a la magnanimidad. Esto se prueba por los «inmensos deseos» que describe la carmelita (Ms B, 2vº-3rº).  Con el ahondamiento de su fe en el Amor misericordioso de Dios, su ardor apostólico y su espíritu de fraternidad universal han crecido vigorosamente. Su responsabilidad espiritual le inspira vehementes aspiraciones.  De tal modo, que llegan a constituir para ella «un verdadero martirio», el martirio del amor, el que ha pedido en la Ofrenda.  El tormento de este fuego consiste en que sus múltiples deseos no pueden, aparentemente, conciliarse ni armonizarse.  Quiere amar sin límites en una vida limitada.  Son deseos «que rayan en lo Infinito». Teresa «desvaría», está fuera de sí, muy por encima de lo razonable.  Ningún ser humano puede hacer realidad ese abanico de deseos, ancho en su abertura como el mundo.  Entre el sueño y el límite hay una tensión insoportable.  Ese es el sufrimiento del gran amor.

Sin embargo, a través de las reflexiones que hace sobre 1Cor 12 y 13, el Espíritu da luz y paz a Teresa.  Comprende cómo, en la comunidad eclesial, es el amor la fuerza motriz, todo como en el cuerpo físico, que depende en su vitalidad del impulso que le da el corazón.  El amor es el don divino que en la Iglesia da vida a la palabra y a la doctrina:

«Comprendí que sólo el amor era el que ponía en movimiento a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegara a apagarse, los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio, los mártires se negarían a derramar su sangre… Comprendí que el AMOR ENCERRABA TODAS LAS VOCACIONES, QUE EL AMOR LO ERA TODO, QUE EL AMOR LO ERA TODO, QUE EL AMOR ABARCABA TODOS LOS TIEMPOS Y TODOS LOS LUGARESEN UNA PALABRA, ¡QUE EL AMOR ES ETERNO!… Entonces, en el exceso de mi alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, amor mío!… Por fin, he hallado mi vocación, ¡Mi VOCACION ES EL AMOR!… Sí, he hallado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, ¡oh, Dios mío!, tú mismo me lo habas dado … ; ¡en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor!… ¡¡¡Así lo seré todo…, así mi sueño se verá realizado!!!. (Ms B, 3vº.)

Se trata siempre del primer ideal: la plenitud del amor, el perfecto don de sí, la santidad a la que ella tiende.  Pero ese amor cobra aquí una plenitud apostólica.  Experimenta un crecimiento en sus dimensiones sociales y colectivas.  Se hace profundo como el mar y ancho como la playa.  Como antes, ese amor es la respuesta, pero comprendida de una manera nueva, con una significación cada vez más rica en profundidad y en matices.

¿No será que Teresa quiere abarcar demasiado?  Cuando más alta se alza la cima de la montaña, ¿cómo un ser pequeño e impotente podrá alcanzarla? ¿Qué hará para lograrlo?  La respuesta del Manuscrito B es una apelación más intensa al camino ya descubierto de la total confianza en Dios, que nos eleva, él mismo, hasta la cumbre.  El «secreto» de Teresa para conseguir el éxito de su empresa es su actitud, plenamente vivida, de radical receptividad.

Efectivamente, de nuevo se ofrece llena de esperanza al Misericordioso: «No soy más que una niña, impotente y débil.  No obstante, es esta mi misma debilidad la que me inspira la audacia de ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh, Jesús!» (Ms 8, 3v”.) y el recuerdo de que la Nueva Alianza es una economía de misericordia.

Habla entonces de la actividad del amor que quiere desarrollar, y que, a pesar de toda su radicalidad, muestra siempre un semblante modesto y ordinario.  Bajo el símbolo del pajarito, expone más detalladamente la actitud llena de confianza que adopta en medio de la debilidad y de la prueba, e impresiona constatar en este ambiente interior la presencia de la paz, de la alegría y de la fidelidad en la fe, así como la ausencia de temor, de tristeza y de renunciación (fc.  B, 4vº-5rº).

El conjunto del texto está escrito en forma de súplica, pero la invocación a Jesús cobra, hacia el final, una intensidad de maravillosa belleza.  Sus pensamientos giran y se desarrollan en torno al eje misericordia-confianza.  Citemos todavía lo que sigue:

«¡Oh, Jesús, déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame que te diga que tu amor llega hasta la locura!… ¿Cómo quieres que ante esta locura mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo habría de tener límites mi confianza?…(…) Soy demasiado pequeña para hacer grandes cosas y mi locura consiste en esperar que tu amor me acepte como víctima… (…) Un día, yo lo espero, vendrás, Águila adorada, a buscar a tu pajarito; y remontándose con él hasta el Foco del amor, te hundirás por toda la eternidad en el ardiente abismo de ese amor, al cual se ofrece, él mismo como víctima (…) ¡Cuán inefable es tu condescendencia!… Siento que si, por un imposible, encontrases a un alma más débil, más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de favores mayores todavía, con tal que ella se abandonara con entera confianza a tu misericordia infinita». (Ms B, 5vº).

A continuación, como ya lo hemos explicado, Teresa escribe las páginas que figuran actualmente como las dos primeras.  Estas constituyen un esclarecimiento de lo que ya ha escrito. Subrayan una nueva fe: de una parte, por el fin que domina su vida («la ciencia del amor», que vale más que todos los tesoros y es la sola cosa que merece codiciarse); de otra, por la actitud que debe adaptarse para recibir el amor. «Jesús se complace en enseñarme el único camino que conduce a esta divina hoguera.  Este camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su padre… » Y aquí, de nuevo, invoca los textos escriturísticos que forman la base de su camino de infancia (Ms B, 1rº).

La carta del 17 de septiembre a María (CT 176) trata a su vez de aclarar su pensamiento.  Teresa manifiesta que sus deseos impetuosos de martirio no son nada, no son, en manera alguna, el fundamento de su confianza sin límites.  Pueden un día convertirse en «riquezas espirituales (…) que hacen a uno injusto cuando se descansa en ellas».

«¡Ah, sé que no es esto, en manera alguna, lo que agrada a Dios en mi pequeña alma! Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia…» Y trata todavía, y siempre, de hacer más claro su pensamiento: «Comprende que para amar a Jesús, para ser su víctima de amor, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, tanto más cerca se está de las operaciones de este amor consumidor y transformante.  El solo deseo de ser víctima basta, pero es necesario consentir en permanecer siempre pobres y sin fuerzas, y he ahí lo difícil…»

Finalmente, en un último esfuerzo de claridad, Teresa llega a esta fórmula magnífica, profunda en su sencillez:

«La confianza, y nada más que la confianza, es la que debe conducirnos al amor».

Hace seis años, en 1890, la novicia Teresa había escrito a María Guérin otra carta sobre el amor.  La fórmula entonces era muy diferente: «En cuanto a mí, no conozco otro medio para llegar a la perfección que el amor» (CT 87).  Se hallaba entonces encendida en ardor espiritual.  Se apoyaba todavía en la persuasión inexpresada de que lograría realizar este sueño de amor con sus muy generosas fuerzas personales.  Años de impotencia -pese a toda su generosidad- y una oleada inmensa de luz divina habían de sucederse antes de que la carmelita llegara a su nueva visión.  Su experiencia refleja, tal vez, la de todo cristiano que busca a Dios seriamente en la perfección del amor.

P. Conrad de Meester, ocd

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