Los santos (P. Dehon)

Encontramos, sobre todo, las maravillas de la bondad de Dios en la historia de los santos, que pasa a diario ante nuestros ojos en nuestras lecturas y en nuestras oraciones.

Alabad al Señor en sus santos (Sal 150,1).

Agradezcamos al Señor por todas las gracias concedidas a los santos, a los sacerdotes, a los religiosos y, por ellos, a tantas almas a quienes han edificado.
Alegrémonos, cantemos alabanzas y glorifiquemos al Señor por toda la gloria y todo el amor que le son tributados por tantos santos, y particularmente por el celo y los trabajos apostólicos de tantos religiosos. (L. Dehon, DSP 161).

No es, en absoluto, contra la humildad el deseo de hacerse santo. Dios quiere ser alabado en sus santos y por ellos. Nos hacemos santos amándolo y glorificándolo cada vez más. Toda santidad viene de él y de su gracia, y redunda en su honor. (DSP 165)

Los santos son tales por la correspondencia a la gracia divina. Esa correspondencia a la gracia y la conformidad con la voluntad divina los ha elevado a la gloria y al gozo en el reino de los cielos. Aunque su manera de vivir, sus obras y sus sufrimientos, sus luchas y sus victorias hayan sido diferentes, sin embargo, todo esto fue cumplimiento de la voluntad divina y correspondencia a las gracias recibidas. Crecieron en santidad y en perfección según la medida de su correspondencia y su fidelidad.
Cada uno de ellos comprendía en su interior y por la voz de sus superiores lo que Dios pedía de él. Su vocación, su misión eran extraordinarias; las gracias y los medios fueron también extraordinarios.

“Al que mucho se le dio mucho se le exigirá” (Lc 12, 48).

La inspiración de sus actos virtuosos y de sus obras heroicas no viene de la naturaleza, ni del mundo, ni del demonio, sino del espíritu de Dios. Prestaron el oído a estos impulsos, a estas inspiraciones, al soplo del Espíritu Santo, y de esta fuente sacaron las luces necesarias para sus obras y su santificación.

Esto quiere Dios de ustedes: una vida sagrada (1 Ts 4, 3). (DSP 190).

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