Dehon y la escuela francesa de espiritualidad 2/3

Parece importante y necesario detenernos un poco en lo que he llamado en otro lugar “el surco romano”. Este “surco”, que constituye su larga estancia en Roma, donde hace el “aprendizaje” de Iglesia, parece que contiene efectivamente el primer y original desarrollo de la actitud espiritual de Dehon. En él se encuentran los parámetros esenciales para comprender e, incluso, interpretar una obra que por el hecho de sus estratos sucesivos superpuestos se hace a menudo ilegible.

Puesto que el sacerdote está consagrado a Jesucristo, la actitud fundamental que debe tener es la del conformarse con su modelo, configurarse con su Maestro. El anhelo primero, la exigencia fundamental que Dehon perseguirá toda su vida es la unión con aquel al que se había consagrado. Para él, esa unión se convierte en el medio privilegiado para responder a su vocación. No hay en esto nada de especialmente original, porque estamos precisamente en el punto de partida de toda la espiritualidad cristiana. Dehon hace de él su exigencia de vida, su regla de oro. “Ésta es verdaderamente mi gracia, escribe, y únicamente mediante tal ejercicio me santificaré, quiero abrazarme a Él definitivamente. No haré nada sino mediante esta unión con Jesús, por Jesús, en Jesús (NQT XXIV/1909, 77). Esta unión con Jesús, que ha llevado a la práctica durante toda su vida, se convierte en cierto modo en su método espiritual, que él quiere legar a sus religiosos. De hecho, cuando al término de “Études sur le Sacré-Coeur de Jésus” presenta el autor la obra de los Sacerdotes del Sagrado Corazón, habla en primer lugar de un “método de vida interior que no es sino la unión con el Corazón de Jesús”. (León Dehon, OSP 5, p. 689.)

La unión con Jesús, en la lógica de la Escuela francesa, comporta toda una teología de la encarnación. En esa relación privilegiada con Jesús, Dehon busca al Verbo encarnado. Como escribe en sus apuntes de los ejercicios previos al subdiaconado, el entonces seminarista ve en la humanidad sagrada de Jesús el “modelo de nuestra santidad y de nuestra unión con Dios” (NQT, 1, 1867, 17 de diciembre). Y, como recalca en Couronnes d’Amour au Sacré-Coeur I, la Encarnación se convierte en el libro por excelencia, escrito por dentro y por fuera, en el que Dehon busca contemplar el misterio mismo de Dios.

Esta dinámica de la encarnación conducirá progresivamente al fundador a adherirse a la devoción al Corazón de Jesús que él sobredimensiona y valora en extremo. Si el nacimiento de Jesús es el primer momento de esta aventura espiritual, el costado abierto en la cruz es el último saliente de ella para quien se atreve a sumergirse en este misterio de niebla y de noche. En la gran “inclusión” entre nacimiento y muerte que destacan las meditaciones de Couronnes d’Amour, Dehon recupera para la devoción al Corazón de Jesús su peso evangélico. Por lo demás, se puede constatar que la insistencia acerca del Sagrado Corazón no corresponde la mayor parte del tiempo más que a una sustitución terminológica que oscurece un poco el mensaje. Más allá de ese cierto nominalismo, del que usa abundantemente Dehon pasando de “Jesús” a “Sagrado Corazón”, la espiritualidad dehoniana es y sigue siendo fundamentalmente cristocéntrica. Contemplando al Crucificado con el costado abierto, Dehon ve en esta llaga el camino para entrar en el misterio del Verbo, camino de interiorización para comulgar cada vez más con aquello que es central para él, un misterio de amor-ágape y de misericordia. En las Couronnes d’Amour au Sacré-CoeurDehon da una amplitud significativa a su cristocentrismo, se reencuentra allí la vena evangélica notablemente despejada de las ampulosas devociones del siglo XIX y, muy en particular, del clima ascético victimista que acartona un tanto esta mística de la identificación con Jesús con actitudes y reflejos sacrificiales demasiado negativos.

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