La trilogía de Dehon 1/3

Hasta el presente se afirmaba que la característica fundacional y, por tanto, fundamental de la congregación era la dimensión victimista y reparadora. Y, en general, se consideraba su acción social como expresión de iniciativas personales de León Dehon. La convicción del P. Denis en esta materia es del todo indicadora de la opinión general en la Congregación, cuando escribe: “El Padre fundador parece considerar la acción social católica como una iniciativa personal, que de hecho había precedido a la fundación del Instituto y era la consecuencia natural de su celo sacerdotal… Sin embargo, él no dijo que “la acción social” formase parte de su carisma de fundador”. ¡Pero Dehon no dijo tampoco lo contrario!

 La teología del sacerdocio que Dehon hereda de la Escuela francesa se apoya en la afirmación de que el sacerdocio es un estado de vida consagrada, antes de ser –y para que pueda ser– un ministerio. Dehon adopta y vive serenamente esta espiritualidad en el seminario de Roma. Pero en su compromiso pastoral, en San Quintín, irá tomando conciencia de que una espiritualidad semejante, que exige del sacerdote santidad de vida y celo apostólico, no resulta suficiente para un mundo moderno que ha roto con el cristianismo. Dehon convierte el díptico clásico “sacerdote santo y celoso” en un tríptico, que formula en 1893 con ocasión de un encuentro de estudios sociales en Soissons: “la obra mejor es la de formar sacerdotes instruidos, celosos y virtuosos” (NQT, VI, 1843, 21). Instrucción, celo, virtud. Dehon recalcará esta trilogía fundamental en la octava conferencia romana, sobre el papel social del sacerdote. Al hablar de los medios necesarios para que el sacerdocio tenga una eficacia verdadera en una sociedad moderna, escribe: “Dependen de tres realidades: el estudio, la acción y la oración. Nos hacen falta doctores, apóstoles y santos” (León Dehon, OSC III, 367).

Lo vemos reclamando una formación específica, más allá del dominio clásico teológico y ascético. Dehon quiere para el sacerdote que responda a una carencia de la Iglesia en su tiempo, que no se preocupaba lo suficiente de la vida social de los hombres, sino que se contentaba con distribuir los sacramentos a quien quería recibirlos: la eterna tentación del clero que fácilmente se contentaba con la administración de los sacramentos y con una especie de dogmática espiritual universal, válida para todo tiempo y lugar. Al insistir sobre una formación específica, conectada con la realidades sociales, Dehon piensa en la evangelización y en la pastoral en términos de proximidad a los hombres, lo que exige un conocimiento auténtico de su entorno vital, de su condición social. En este sentido, la antropología y la sociología se convierten en los instrumentos de una verdadera cualificación, a la que conviene el nombre de “profesional”, de los sacerdotes de la edad moderna. Por eso no es casualidad que en su tiempo Dehon sea calificado de “sociólogo”, es decir, de persona atenta a las realidades sociales y culturales.

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