La trilogía de Dehon (2/3)

La originalidad de Dehon en la materia consiste en percibir que, más allá de su estado de vida, el sacerdote debe estar dotado de un auténtico “saber hacer” que exige una formación específica, en contacto directo con las realidades contemporáneas y a favor de los hombres de su tiempo. Por su cuenta, Dehon pondrá en marcha la experiencia de las sesiones de estudio en Val-des-Bois, cerca de Reims, con León Harmel, patrono de la fábrica y, sobre todo, los Congresos eclesiásticos de San Quintín (1895), de Reims (1896) y de Bourges (1900). En la lógica de Dehon no existe una “marca” pastoral universal: toda evangelización es concreta, particularizada, inserta en un lugar, marcada por un tiempo. Esto implica que el sacerdote no sea únicamente el hombre de la sacristía, sino que esté de pie en medio de la ciudad de los hombres, participando –a su nivel y en su campo– en los debates y combates de los hombres. No es solamente un terapeuta de las almas, sino un agente de la vida en sociedad. En este sentido, Dehon no duda en escribir:

“Por tanto, el sacerdote debe intervenir en la refriega social actual, no sólo en razón de un oportunismo que ya estaría muy justificado, sino por un deber estricto de justicia, de caridad y para el cumplimiento riguroso de su ministerio pastoral” (Léon Dehon, OSC, 359).

Es esta lógica la que llevará a Dehon a intervenir de una manera explícita en la cuestión judía de su época. Lo hace en nombre tanto de su concepción sobre el ministerio pastoral como de la dignidad de los obreros. Porque la posesión del dinero y el dominio de las finanzas son las palancas y las claves que hacen funcionar el equilibrio de una sociedad y la justicia social. De acuerdo con la expresión del filósofo alemán de la época Georg Simmel, el dinero se convierte con el capitalismo en “el equivalente universal” que se impone como medida de todo. En su tercera conferencia romana (1897), Dehon reacciona contra este capital-dinero que desnaturaliza toda relación humana. Su crítica en la materia no es en primer lugar antisemita, sino más bien evangélica y humanista. Es lamentable que los Obispos franceses no hayan captado esta problemática, que no puede ser más pastoral, cuando manifestaron su inquietud de cara a la beatificación de nuestro Fundador. Según esto, ¿fue Dehon incomprendido? En este punto, desde luego que sí. Porque la “cualificación profesional” que reclama para los sacerdotes se aleja de la visión ascética tradicional que pesa sobre la imagen que se tenía del sacerdocio.

Más allá de los tradicionales comportamientos que encuadra la teología del sacerdocio, la problemática de Dehon no puede sino ser difícilmente comprensible y aceptable. Y, para tratar de ver más claro en ella, hace falta preguntarse cómo él mismo intentó llevar a la práctica su nueva idea.

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