Educar a la humanidad

Dehon es, fundamentalmente, un educador que busca una determinada idea del hombre derivada de su fe cristiana. La intuición dehoniana se enraíza en la espiritualidad del Corazón de Jesús, una espiritualidad cristocéntrica. Encuentra su fundamento en esta cita evangélica: “Vengan a mí… porque soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,28-29). Dehon ve en esta frase de Jesús el código mismo del Reino que debe convertirse en proyecto existencial para el hombre. Es la dulzura lo que hace que las relaciones humanas se equilibren y se pacifiquen, como recuerda la bienaventuranza evangélica. Pero la dulzura exige esa humildad fundamental que es consciencia y reconocimiento de lo que soy en verdad. De este modo, la espiritualidad engendra un proyecto humanista, y este proyecto se nutre de vida evangélica.

 En una sociedad abierta como la nuestra, la educación es la clave de todo el desarrollo personal y colectivo. Esta educación debe tener su aleta en lo religioso, porque la libertad del hombre se engrandece en la búsqueda de Dios.

Como ya había presentido el P. Dehon, es en este combate por una determinada idea del hombre en el que la Iglesia debe concentrar su acción. En una sociedad democrática y plural, el lugar y la función de los religiosos no pueden desempeñarse más que en este dominio capital para el porvenir. La dimensión religiosa de la existencia ya no es algo que da la sociedad. Es preciso, pues, despertarlo en cada hombre.

Como educadora de la humanidad en búsqueda de lo divino, es cómo la Iglesia puede pretender encontrar su sitio en una sociedad secularizada. La consagración a Dios en la vida religiosa es, al mismo tiempo y en un mismo movimiento, servicio del hombre, no solamente en el plano social, sino en todo su proyecto existencial.

P. Ledure scj

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