El estado de la creación, espejo del corazón humano

Introducción

Cuando escuchamos hablar de ecología tendemos a limitar esta expresión al uso que le dan los movimientos de preservación de especies animales, y quizá por eso suena raro la primera vez que oímos hablar de una espiritualidad ecológica. Pero la expresión cobra un sentido cristiano importantísimo cuando se la inserta en el marco de la Teología de la Creación, de los Sacramentos y de la Liturgia que ha venido acompañando la preparación, el desarrollo y el legado del Concilio Vaticano II.

Haciendo memoria del Creador

En ese contexto podemos decir que todo lo que existe es querido por nuestro Dios trinitario que difunde su ser amor creativamente y que no deja su obra a la deriva si no que se sigue relacionando con ella con su providencia. Es así como vemos que todo lo creado goza de una gran dignidad por provenir del amor de Dios. Atentar contra el mundo y obstaculizar la acción de Dios vienen entonces a ser equivalentes.

Podemos ver también que el mundo ha sido y es el primer sacramento de Dios ya que Él nos habla y se encuentra con los hombres a través de la creación visible. Es que como personas a la vez corporales y espirituales, expresamos y percibimos lo espiritual a través de lo material y esto se aplica también a su relación con Dios. Es por eso que el ser humano puede descubrir en la naturaleza, en lo inmanente, un significado trascendente. Y a su vez sólo si reconocemos al Creador como tal podemos percibir el valor de su obra.

Haciendo memoria del Salvador

Vemos así que la creación fue constituida como mediación entre Dios y la humanidad. Y nos comunica con Él en la medida en que sigamos reconociéndola como propiedad suya que se nos da como un don a recibir con suma reverencia y que se nos encomienda cuidar.

Este cuidado apunta a no disminuir su capacidad de llevar a la fe a otros, ya que cuanto más bella es la creación más asombro produce en quien la contempla y posibilita así que remita a quien es su fuente. Se trata nada menos que de no menguar la gloria externa de Dios porque ciertamente una naturaleza degradada perderá su fuerza simbólica para las futuras generaciones.

Porque Dios hizo de la naturaleza el primer paso de una historia de salvación que termina con Cristo, por medio de cuya encarnación lo creado queda elevado sobremanera. La creación está ahora capacitada para hacernos conocer los misterios del Reino de Dios. Y de tal modo que en los sacramentos viene no a ser anulada sino a volverse signo y realización de la salvación obrada por Cristo que prefigura la gloria del Cielo. Y qué decir en particular de la Eucaristía, donde lo inanimado de la creación viene a ser portador de la divinidad.

La salvación entonces pasa por la creación en cuanto que nos da un marco histórico-espacial para alcanzarla. Porque sin creación no hay historia, sin historia no hay Pueblo de Dios, sin Pueblo de Dios no hay Jesucristo, y sin Jesucristo no hay salvación. También porque sin el mundo no hay espacio, sin espacio no hay materia, sin materia no hay humanidad, ni Encarnación ni redención.

Otra implicación es que si Cristo-Emmanuel está con nosotros y nosotros estamos en el mundo, entonces Dios está en el mundo, y lo está de un modo mucho más íntimo por medio del Espíritu que nos inhabita.

Implicaciones ecológicas

Viendo todos estos aportes no parece aventurado suponer que la actual crisis ecológica está relacionada con una crisis espiritual, en cuanto que la humanidad perdiendo o dejando en segundo plano su ligazón a Dios como Soberano de toda la tierra se apropió de todas las cosas y las convirtió en un mero recurso de su consumismo que niega todo límite.

Porque si la humanidad no reconoce ya que todo fue hecho por amor, si piensa que todo está ahí sólo para ser usado, si pierde su capacidad de descifrar lo simbólico y de dejarse llevar por él, es inevitable que todo se manche y oscurezca.

Por otro lado si el hombre se niega a si mismo cada vez más el derecho al descanso y a disfrutar sin prisa y sin distancias de los vínculos con los otros, cómo no va a negarle el descanso a la tierra, como no va a negarse a establecer con ella un vínculo de comunión, de respeto y de cuidado.

El universo por un lado, hace de eco a la obra de Dios, y así se estremeció el viernes santo y gozó con la Resurrección. Por otro lado gime por estar afectado por el pecado del hombre, al cual está estrechamente unido en cuanto ambos proceden de la misma fuente.

La creación, puesta bajo nuestro gobierno por Dios, hecha puente entre Él y nosotros, se vuelve espejo de nuestras acciones y de nuestro estado espiritual global. El cristiano no puede dejar de ver en el estado actual de la naturaleza un signo de los tiempos que nos llama a deshacernos de nuestra megalomanía destructora y volver a pedir permiso a Dios, volver a bendecir al Creador antes de tomar algo de su propiedad.

Quien no cultiva una espiritualidad de la acción de gracias por todo lo que hay, como Francisco y otros cristianos, fácilmente cae en la irreverencia. Quien decidió que lo eterno no vale la pena, cree que lo pasajero puede utilizarse sin medida y sin esperar a los ciclos de la vida.

No hay secretos, si nuestra espiritualidad es verdaderamente cristiana o no, se verá necesariamente en toda nuestra gama de relaciones: con Dios, con nosotros, con los hermanos y con el mundo.

Esa espiritualidad cristiana cultiva la espera en cuanto al tiempo y la cercanía en cuanto al espacio, para librarse de la tiranía de la prisa que no da descanso y de lejanía que impide la comunión.

En definitiva, se trata de asumir nuestro papel sacerdotal, invocando a la creación con las palabras del salmo: obras del Señor, bendigan al Señor.

Versión pdf, con notas al pie: espiritualidad y creacion amenazada

Marcelo Reynoso, scj. Buenos Aires, julio de 2012

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