Fiesta de la Anunciación

El Ángel le dice: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo ha de cubrirte con su sombra. Por eso el que va a nacer de ti ha de llamarse Hijo de Dios. Dice entonces María: He aquí la sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra (Lc 1,35).

 

Ecce venio, regla de vida de Jesús

Fue en este día que Nuestro Señor dice su Ecce venio y que María dice su Ecce ancilla. El apóstol S. Pablo lo registra, fue al entrar en este mundo por la Encarnación que Nuestro Señor formuló su abandono al beneplácito del Padre y la regla de toda su vida: Es que vengo, Padre mío, para hacer tu voluntad (Heb 10,5).

Había dicho por David que tal seria la ley de su Corazón (Sal 39). Colocó esta ley del abandono, de la obediencia, de la conformidad a la voluntad de su Padre, en el fondo de su Corazón para consultarla sin cesar, para seguirla siempre, para de ella hacer la regla de toda su vida. Y de su Corazón ella subía sin cesar a sus labios, como el Evangelio mismo lo indica: «Padre mío, que tu voluntad sea hecha. – Padre mío, que así sea, pues tu lo quieres. – Padre mío, no mi voluntad, sino la tuya».

Estas indicaciones del Evangelio bastan para mostrar que ahí estaba para Nuestro Señor una regla de vida y un pensamiento habitual de su Corazón.

Lo que Él procura siempre, no es ni el interés ni el placer, sino la voluntad de su Padre. La única cuestión que se coloca antes de actuar es siempre esta: «Padre mío, que quieres que haga Yo?».

Ecce ancilla Domini, regla de vida de María.

El abandono a Dios ya la voluntad divina es también la regla de vida de María y nosotros la vemos en la perturbación y en la duda fijarse en esta disposición: «He aquí la sierva del Señor, que me sea hecho como quieres». Estas palabras expresan el abandono, la docilidad a la gracia, la conformidad a la voluntad divina, el sacrificio y la inmolación.

Con ésta respuesta, con su consentimiento, María aceptaba la dignidad y la honra de la maternidad divina, pero al mismo tiempo también los sufrimientos, los sacrificios que le estaban ligados. Se declaraba lista para cumplir la voluntad de Dios en todo como su sierva. Era como un voto de víctima y de abandono. Esta disposición es la mas perfecta, es la fuente de los mayores méritos y de las mejores gracias. María proclamó lo mismo en su Magnificat: Mi alma alaba al Señor, porque miró con favor la humildad de su sierva. – Dios encontró mucha alegría en esta disposición de María. Ella agregaba: Todas las generaciones me han de proclamar bienaventurada.

Durante su vida mortal, pocas personas la proclamaron bienaventurada, excepto Isabel y aquella mujer que levantó la voz en el medio del pueblo, ya la cual Jesús respondió: Bienaventurados son aquellos que escuchan mi palabra y que la practican.

La felicidad de María durante su vida mortal era el sacrificio con Jesús, por Jesús y por las almas. Ella no era, como su Hijo, sino un objeto de desprecio, de humillación y de ignominia de parte de los enemigos de Dios. Para aquellos que estaban bien dispuestos, era un objeto de compasión y de piedad. El ecce Ancilla era la disposición de su corazón en todos los sacrificios que tuvo que hacer: cuando la Presentación en el Templo, cuando ofreció su Hijo en sacrificio y escucho la profecía del viejo Simeón; en la fuga para Egipto y así en adelante, en todas las ocasiones, hasta debajo de la cruz de su Hijo moribundo. Del mismo modo para el resto da su vida, consintió ser la madre de la Iglesia nueva fundada en la sangre de su Hijo.

Su gracia y sus méritos aumentaban siempre por su fiel cooperación, por su pureza, por el santo y perfecto amor con el cual cumpliría la misión que se tornara la suya.

Ecce Venio, Ecce Ancilla Domini. Estas palabras trazala regla de nuestra vida.

En estas palabras se encuentra toda la vocación de las almas consagradas al Sagrado Corazón, con su fin, sus deberes, sus promesas. Este sentimiento, esta disposición, estas palabras dichas y sentidas bastan en todas las situaciones, en todos los acontecimientos, para el presente y para el futuro.

Es que vengo, oh mi Dios, para hacer tu voluntad. Estoy aquí, listo para hacer o para sufrir, para emprender o para sacrificar todo lo que pidieres de mi.

La voluntad de Dios se hace conocer en todo instante; y se en algún momento la oscuridad y la incerteza llenan el corazón y el espíritu, perseveremos con paciencia y confianza en este estado, hasta que agrade a la sabiduría ya la bondad divinas dejar lucir de novo su luz.

Un alma ofrecida, una víctima, sabe que nada tiene para escoger ni para decidir por sí, su elección está hecha, su suerte fijada. Cuándo, cómo, en qué circunstancias ha de cumplirse su sacrificio, todo esto está a la libre elección de aquel al cual ella pertenece enteramente.

Así, por lo tanto, practiquemos el abandono total, el dejar hacer, mirando hacia aquél que caminó al frente en el mismo camino, que lo tornó practicable, que dejó atrás de sí los rastros sangrientos de sus pasos.

Los cabellos de nuestra cabeza están contados. Dios vela aún por las necesidades de los pájaros, no nos olvidará. Cuidará de nosotros por todas nuestras necesidades en tempo conveniente. Si nos damos a Él, también ha de darse a nosotros y entonces¿qué es que nos ha de faltar? Cuando María se dio por el Ecce ancilla, recibió su gracia suprema: El Verbo se hizo carne y habitó en su seno.

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