La imagen dehoniana de Dios

La imagen de Dios que se había imprimido en el alma de León Dehon era un Dios grande -lleno de majestad y gloria- pero también un Dios justo que, como dice el Salmo 113, que Dehon suele citar, “levanta del polvo al desvalido, alza al pobre de su miseria… Él honra a la mujer estéril en su hogar, haciendo de ella una madre feliz”. A lo largo de su vida León Dehon se bandeó entre estos dos aspectos de Dios: un Dios de justicia y un Dios de amor. Para él y para la tradición espiritual que él quiso tomar como suya, nunca fue suficiente basarse sólo en el amor para delinear nuestra identidad.

A lo largo de su vida nuestro fundador vivió la poderosa interacción de amor y justicia. Durante toda su vida se esforzó en creer en el amor de Dios. Para él, como también para nosotros, no es fácil aceptar ser amado. Pero lo creyó en tal medida que se indignó por el sufrimiento de los obreros y sus familias. Su Dios de amor no ha escondido la inhumanidad que rodeaba al P. Dehon. Ese Dios de amor también ha dado responsabilidad y autonomía a las personas. Y como los antiguos profetas, el P. Dehon también conoció la ira Dios que se desata contra la injusticia. Basta leer de nuevo su sermón de Navidad de 1871 o su Conferencia romana de 1897. El suyo era un Dios que los hombres no podían amar si ellos no se amaban unos a otros. Para León Dehon esto no era sólo una reflexión teológica. Era algo que sentía profundamente.

Esta indignación no nos es ajena. También nosotros la sentimos “visceralmente” frente al mal que unos infligen a otros: los traficantes de mujeres y niños, los que abusan de los niños, los comerciantes de la guerra y los narcotraficantes, los terroristas fanáticos y el financiero codicioso. León Dehon compartió esta indignación, pero su “rabia visceral” le condujo a una búsqueda activa de liberación, reparación: una vida para los otros. En los “actos de oblación” mostró cómo, para él, esta inhumanidad era también una “queja de Dios” hacia la humanidad.

Sin embargo, esta indignación, esta ira causada por la injusticia, era constantemente contrarrestada con la misericordia, el amor de Dios. Dehon siempre retuvo clara la desproporción entre justicia y amor. Sabía que el amor pertenece a un orden infinitamente más elevado del orden de la justicia. Lo había aprendido de Jesús para quien el amor siempre fue una sinfonía superior, en contraste con el desafinado registro de la vida. Ése es León Dehon en toda su profundidad.

Extracto de la Carta en ocasión de la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús 2014

P. José Ornelas Carvalho, Superior General SCJ y su Consejo

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