Dehon: la bienaventuranza de la pobreza

Viendo Jesús las multitudes, subió al monte, y se sentó, se aproximaron sus discípulos; y el pasó a enseñarles, diciendo: Bienaventurados los humildes de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 1-3).

  • Escuchemos la amable y dulce voz de Jesús, nos ha de decir por que despojamientos obtenemos la bienaventuranza de este mundo, preludio de aquella de la eternidad.
  • Divino Salvador, por la gracia de tu Corazón Sagrado, coloca en mi corazón estos despojamientos de los cuales me dio el admirable ejemplo.

1. La  pobreza. – ¿Cuál es esta pobreza, bendecida por Nuestro Señor y fuente de beatitud? – En el Antiguo Testamento, la miseria y el sufrimiento pasaban por una marca de la cólera de Dios. En el Evangelio, los pobres son exaltados, sobre todo aquellos que lo son de corazón y los anatemas de Nuestro Señor caen sobre los ricos, los poderosos, los soberbios, los grandes del mundo, los ambiciosos que no sueñan sino con las riquezas y los honores: «Ay de ustedes, porque tienen aquí  su consolación» (Lc 6, 24). ¿Y para quién son las bendiciones, las promesas de alegrías puras, sobrenaturales y profundas, que se perfecciona en el cielo? Para los pequeños, los humildes, los pobres, aquellos cuyo corazón está desapegado de las riquezas, que aún en la opulencia huyen del fasto y de las pretensiones, visitan a los indigentes, sostienen a los oprimidos. – Felices aquellos, sobre todo aquellos que se hacen voluntariamente pobres por amor a Jesucristo, que desprecian las cosas que pasan y que se desprecian a sí mismos.

Te deseo, oh bienaventurada pobreza de espíritu, que eres la condición para poseer al Salvador, para recibir las efusiones de su Corazón.

2. Jesús y los apóstoles. – ¡Cómo amó Jesús esta pobreza y este desapego! ¡Véanlo en Belén, en Egipto, en Nazaret, sobre la cruz! Puede decirnos: Vean si hay una pobreza semejante a la mía.

Desposó la pobreza, la escogió, es su gracia: «Vean, dice San Pablo, la gracia de Nuestro Señor, el cual, siendo rico, se despojó para enriquecernos con su pobreza…» (para comunicarnos sus méritos) (2Cor 8, 9).

Ama los pobres, su misión es socorrerlos y consolarlos: Evangelizare pauperibus misit me (Lc 4, 18). Alaba a la pobre viuda que da su óbolo al templo. – Aconseja la pobreza a un joven de noble familia que busca la perfección, y cuando ve su apego a los bienes terrenos, expresa su tristeza respecto de los ricos, que difícilmente entrarán en el reino de los cielos (Lc 18, 18).

Los apóstoles comprendieron al buen Maestro. – Es cierto, dice San Pablo a Timoteo, que la piedad que se contenta con lo necesario es una gran riqueza; porque no trajimos nada a este mundo y seguramente tampoco nada podremos llevar. Teniendo con qué alimentarnos y con qué vestirnos, estamos satisfechos (1Tim 6, 6). – Escuchen,  hermanos míos muy amados, dice Santiago: ¿Dios no escogió a los pobres del mundo para volverlos ricos en la fe (esto es, en los bienes sobrenaturales) y herederos del Reino prometido a aquellos que lo aman? (St 2, 5).

Jesús no pude venir con su gracia a un corazón lleno de apego a los bienes materiales. No lo entristezcamos como hico el joven noble del Evangelio.

3. La bienaventuranza prometida. – Bossuet nos va a explicar: «A esta palabra bienaventurado, dice, el corazón se dilata y se llena de alegría. Se comprime al de Pobreza; pero se dilata de nuevo al de Reino y Reino de los cielos. Porque, ¿quién no querría sufrir por un reino y todavía por un reino en el cielo?… ¡Oh Señor, te doy todo, abandono todo para tener una parte en este reino! ¿Puedo estar suficientemente despojado de todo para tal esperanza? Me despojo de corazón y en espíritu, y cuando te agrade despojarme de hecho, me someto, es a lo que están obligados todos los cristianos. Pero el alma religiosa se alegra por estar actualmente despojada, desnudada, muerta para los bienes de este mundo, incapaz de poseerlos. ¡Feliz despojamiento, que da Dios!»

El pobre, adoptado como hijo de Dios, tiene el cielo como herencia. Como Jesucristo, hijo de Dios, puede decir: «Todo lo que mi Padre tiene es mío» y: «eres tú mismo, mi Dios, que eres la parte de mi patrimonio» (Jn 16, 15 – Sal 15).

Bienes de la tierra, estima humana, ustedes pasan, la bienaventuranza celestial no pasa.

Dios da a los pobres voluntarios alegrías íntimas que el mundo no sospecha. – Aquel que es generoso en la pobreza recibe del cielo ese gusto sobrenatural que Nuestro Señor llama bienaventuranza.
Oración. – ¿Puedo rechazarte este desapego, oh Jesús, cuando tu Corazón Sagrado lo practicó tan generosamente para enriquecerme con tus méritos y tu gracia? ¿No debo pagar en la misma moneda a mis hermanos y enriquecerlos con mi pobreza voluntaria? – Si mi corazón fuera pobre de todo apego a los bienes temporales, vendrías a él, Jesús, como viniste al establo de Belén.

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