La cuestión social en la Misión

[…] Francisco nos recuerda que «así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve». (EG 179)Por eso hemos de explicitar que «tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales». (EG 180)

Por tal motivo «la tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra». (EG 182). Una caricatura berreta de espiritualidad pseudointimista nos aleja de la propuesta cristiana.

Muchas veces se nos ha señalado a los cristianos el borrarnos del mundo, vivir como fugitivos. En «Navega mar adentro», documento de la Conferencia Episcopal Argentina del año 2003, se enseña que «Nunca hemos de separar la santificación de los compromisos sociales. Estamos llamados a una felicidad que no se alcanza en esta vida. Pero no podemos ser peregrinos al cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena» (Nma 74). El Papa nos recuerda que «Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo». (EG 183)

Los gestos que hacemos para con los pobres, enfermos, presos, abandonados gritan el amor que tenemos a Jesús en ellos o relegan en la sombra de la incredulidad los pasajes más bellos del Evangelio. «La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo». (EG 24)

Por eso son tan importantes las obras que la Iglesia realiza en todo el mundo en orden a expresar la caridad. Lejos de ser estrategias para obtener simpatía, son gestos misioneros que hacen palpable el amor de Dios. En varios países del mundo está prohibido hablar de Jesús. Pero las obras de caridad son proclamaciones elocuentes de la vida del Resucitado. «La belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha.» (EG 195)

Si queremos predicar del mandamiento del amor a Dios y al prójimo se tiene que notar que deseamos vivir de esa manera. No somos transmisores mecánicos de frías fórmulas prefabricadas, sino llamados y enviados a ser portadores de agua viva, de consuelo y esperanza.

La tentación de separar la fe de la caridad estuvo siempre en la Iglesia. Ya Santiago había escrito a los primeros cristianos: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: «Vayan en paz, caliéntense y coman», y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta». (St. 2, 14-17).

Y en la primera carta de Juan se expresa con claridad que «el que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso». (I Jn 4, 20).

La Iglesia, nosotros, estamos llamados a comprometernos con los pobres y buscar soluciones a las causas estructurales de la pobreza como parte de la misión evangelizadora. «La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar» (EG 202). No sólo debemos atender las necesidades más urgentes, sino también ocuparnos de cambiar las estructuras de la sociedad que generan pobreza y exclusión. Por eso nos enseñaba el Documento de Aparecida que «La misericordia siempre será necesaria, pero no debe contribuir a crear círculos viciosos que sean funcionales a un sistema económico inicuo. Se requiere que las obras de misericordia estén acompañas por la búsqueda de una verdadera justicia social». (DA 385)

Uno de los caminos para cambiar las estructuras de la sociedad es la política, que no es una mala palabra. Francisco nos enseña que pese a estar tan denigrada «es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común». (EG 205)

La pobreza es un escándalo. Es técnicamente evitable y es planificada por intereses económicos que la naturalizan para hacernos pensar que es insuperable.

Hace falta en la Iglesia y en los laicos un cambio de mentalidad que logre vencer el clericalismo y paternalismo. Suele darse una absorción de los laicos en tareas intraeclesiales, que los alejan de la construcción del mundo.
Nosotros confiamos en las promesas de Dios, y «esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia» (2 Pe 3, 13). Somos discípulos misioneros de Jesucristo que nos envía a anunciar y dar testimonio de su amor.

Mons. Jorge Eduardo Lozano

obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Artículo original en: http://www.ompargentina.org.ar/domund13/ArtCuestion.html

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