La autoridad como servicio

Con el corazón purificado por el Espíritu, se pueden mirar todas las cosas con claridad y libertad. La obediencia, no obstante, no es solo una cuestión de visión y comprensión. Jesús habla de hacer la voluntad del Padre , es decir, de configurar la vida a sus propósitos. Esto exige un camino concreto de conversión y de disciplina ascética, para librarnos del egoísmo y de los impulsos de nuestra naturaleza, de tal modo que podamos hacer que Cristo viva en nosotros y también su Proyecto. Jesús nos ha enseñado a orar constantemente al Padre: “que se haga tu voluntad”. Así nos hacemos conscientes que de El esperamos luz y fuerza, mientras, con todo el corazón, nos hacemos efectivamente disponibles para acoger y llevar a cumplimiento sus proyectos, todos los días y durante toda la vida.

Estar bajo el señorío de Dios, atentos y obedientes a su voluntad, constituye el punto de unión de la comunidad de Jesús . El mismo indica como su nueva familia a aquellos que lo siguen y lo escuchan en obediencia al Padre: “Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). La constitución de esta nueva familia es parte integrante y esencial de la voluntad de Dios. El anuncio del Evangelio, por parte de Jesús lleva inmediatamente a la formación del grupo de los discípulos, núcleo de la futura comunidad eclesial. La realización de la voluntad de Dios exige una adhesión personal e individual, pero lleva siempre a aquellos que se adhieren a formar una comunidad. No existe una versión “individual” del cristianismo.

Estar juntos al servicio del Reino

Es una dimensión fundamental, de forma especial en la vida religiosa, como nos lo ha trasmitido el P. Dehon.

Es a la luz de la comunión fraterna y de la misión común, creadas por el Espíritu de Jesús, que se entienden la autoridad y la obediencia . No se trata de una necesidad sociológica y organizativa, sino, ante todo, de un don de Dios hecho posible por la presencia del Espíritu. Todos estamos bajo la única autoridad y guía de Dios y a cada uno corresponde el derecho primario y el deber de buscar Su voluntad por sí mismo y por la comunidad y dar la propia contribución para su realización. Ninguno está dispensado, pero cada uno lo hace según su propio rol, en la corresponsabilidad y en la disponibilidad a ponerse al servicio de la vida y de la misión de la comunidad. Autoridad y obediencia son dos modos complementarios de buscar y realizar la voluntad de Dios en el ámbito de la comunidad. Los que están constituidos en autoridad tienen el deber especial de ser obedientes, para hacer posible la obediencia de los hermanos.

La purificación y la ascesis del corazón

Sabemos como, frecuentemente, lo que cuenta es la conquista del poder, privilegiar a grupos específicos de carácter étnico o de intereses particulares, el dominio sobre los demás o el simple espectáculo de la vanidad personal. No es raro que tales desviaciones se encuentren también entre nosotros, no solo en aquellos que están constituidos en autoridad sino también en cuantos obran individualmente o se constituyen en grupos de oposición o en lobbies de presión o de chantaje. Cuando un tal espíritu campea entre sus discípulos, provocando broncas y divisiones, Jesús corta radicalmente la discusión: “¡No sea así entre vosotros! ”. La autoridad no es un “ser servido”, sino un servir y ofrecer la propia vida siguiendo el ejemplo del Maestro (cf. Mc 10, 32-45). Cuando la autoridad se mezcla con juegos de poder e intereses humanos, contradice el proyecto de Dios, niega la cruz de Cristo y pierde su propia legitimidad.

Igualmente contraria al proyecto de Jesús es la demagogia de una corresponsabilidad irresponsable, de un principio de coordinación descoordinado o de un cuerpo acéfalo, donde cada uno hace lo que le parece y según su propio juicio, con la idea de que la autoridad tiene su origen en la voluntad del pueblo. Todo esto conlleva a una nivelación de mediocridades e intereses humanos, que hacen se pierda cualquier referencia al absoluto o al trascendente de Dios.

Nuestra comunidad tiene un Señor

Y tiene principios, procesos y mediaciones que la unen y configuran. Esto no significa una limitación de la libertad o la anulación del principio de la democracia. Al contrario, análogamente con la carta constitucional de cada país que fija los principios generales a los que se debe atener toda autoridad, la aceptación madura y creyente de la Señoría de Dios y de las mediaciones de la autoridad es una defensa contra el despotismo de los tiranos y de las mayorías. Es prevención contra las demagogias manipuladoras y garantía que tutela la real libertad y el desarrollo de las capacidades de todos.

Los evangelios nos muestran que la figura del pastor y del siervo no han sido para Jesús simples imágenes poéticas. El ha demostrado una dedicación y un amor capaz de hacer frente a la debilidad y a la necia incomprensión de sus discípulos. Ha ofrecido por ellos su vida, no solo en la cruz, sino también en todo el tiempo que ha compartido con ellos, en la escucha, en las explicaciones, en la paciencia, en el perdón, en el dar ánimos, en la alegría por sus éxitos en el ministerio y también en el respeto por sus caídas, incomprensiones y traiciones. Ellos no han permanecido fieles a la amistad del Maestro; Su fidelidad les ha rescatado.

Jesús no hace rebajas

Jesús no hace rebajas para ser simpático, condescendiente con las incomprensiones, la debilidad o la mediocridad de los discípulos. La exigencia para aquellos que quieran seguirlo no será recortada; las bienaventuranzas, aunque puedan aparecer como inalcanzables, no vendrán rebajadas, ni la puerta estrecha será ensanchada. Jesús es un pastor bueno y humilde, pero decidido y exigente cuando se trata del proyecto del Padre.

Pero en esta fidelidad coherente, Él no pide obediencia ciega. Al contrario, nos hace entender las razones del Padre, explica repetidamente su posición y tiene la santa paciencia de saber esperar el ritmo de cada uno de sus discípulos: no entendéis ahora, pero entenderéis después… no podéis seguirme ahora… pero me seguiréis después… Si bien este “después” será.. después de su muerte. No se resigna a perder ni siquiera uno de aquellos que el Padre le ha dado: conforta a Pedro y le ofrece siempre nuevas oportunidades, redobla su atención con Judas en peligro de traicionarlo y a todos ofrece posibilidad de rehabilitarse de sus errores.

Siguiendo el ejemplo de Jesús ,

Los que les ha sido confiado el servicio de la autoridad, deben ser los primeros aponerse a la escucha de Dios y de su voluntad. En esta relación con el Señor y Maestro de todos, no se aprende solo lo que Dios quiere, sino también cómo lo quiere, es decir, se aprende a ejecutar el proyecto de Dios al estilo de Jesús. Por esto, parece extraño que alguno diga, por ejemplo, que reza mucho, que tiene constantes luces del Espíritu Santo, pero después no escucha a los hermanos, antes de tomar una decisión o los trata sin respeto, sin misericordia. Escuchar a Dios, no es consultar una agencia de información, sino dejar que el propio corazón sea plasmado por su Espíritu que nos vuelve fraternos, a imagen de Cristo.

El segundo gran punto de atención son, por tanto, los hermanos. Estos no son ni siervos ni simples “colaboradores”, sino hermanos y amigos. La amistad es el término que Jesús utiliza para describir su relación con los discípulos: “ No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn. 15, 15). Este es un hermoso y grande desafío para cada una de nuestras comunidades: la amistad, en el compartir aquello que hemos escuchado a Dios. Es un desafío para aquellos constituidos en autoridad y para todos los demás.

La autoridad no debe ser idolatrada, puesta sobre un altar hierático o peor todavía, incensada con el fin de obtener un favor de un “padrino” condescendiente. Pero, para desarrollar bien el propio rol, el hermano en servicio de autoridad tiene necesidad de contar con una actitud madura, leal y fraterna por parte de los miembros de la comunidad. Este hermano mayor que se preocupa por el cuidado de la familia, será muy ayudado en su misión, por el apoyo, la colaboración y el perdón de los hermanos.

Esta lealtad fraterna excluye la postura de sumisión y de cómodo silencio para evitar problemas. Sin verdad no hay comunión ni paz duradera.

Si buscamos honestamente y con corazón puro los caminos de Dios y lo hacemos fraternamente, encontraremos los modos para llegar a soluciones, aunque no haya unanimidad. La unanimidad no es siempre signo de la presencia del Espíritu. Puede ser fruto de la manipulación de alguien, de la desgana o miedo al enfrentamiento y de buscar nuevas soluciones. Por eso, en el proceso de discernimiento de la voluntad de Dios, hay tiempo para que todos intervengan y hay tiempo para que todos acepten, de forma solidaria, las decisiones tomadas. Mientras se busca y se discute, se deben crear las condiciones para que todos ejerciten el derecho y el deber de hablar, disentir y proponer. Cuando se toman decisiones, estas no valen solo para los que están de acuerdo, sino para todos.

Estar llamados a obedecer, incluso no estando de acuerdo y a costa de mucho sacrificio (si no se trata de algo que vaya contra aquello que honestamente viene tenido como la voluntad de Dios) no es una situación rara en nuestra vida de consagración.

P. José Ornelas Carvalho
Superior General scj
y su Consejo

Fragmentos de la Carta con ocasión de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús 2008

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s