Vida consagrada: tras los pasos del Profeta Elías

Buscamos luz en la simbología bíblica, pidiendo inspiración para el camino de profecía y de exploración de los nuevos horizontes de la vida consagrada.

La vida consagrada de hecho, por su naturaleza, está intrínsecamente llamada a un servicio testimonial que la pone como signum in Ecclesia.

Se trata de una función propia de cada cristiano, pero en la vida consagrada se caracteriza por la radicalidad de la sequela Christi y por la prioridad de Dios, y al mismo tiempo por la capacidad de vivir la misión evangelizadora de la Iglesia con parresia y creatividad. Justamente san Juan Pablo II reafirmó que: «El testimonio profético […] se manifiesta en la denuncia de todo aquello que contradice la voluntad de Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación del Evangelio para la construcción del Reino de Dios».

En la tradición patrística, el modelo bíblico de referencia para la vida monástica es el profeta Elías: tanto por su vida de soledad y de asceta, como por la pasión por la alianza y la fidelidad a la ley del Señor, y por la audacia en la defensa de los derechos de los pobres (cf. 1Re 17-19; 21). Lo ha recordado incluso la exhortación apostólica Vita consecrata, sosteniendo la naturaleza y función profética de la vida consagrada.

En la tradición monástica, el manto que simbólicamente Elías dejo caer sobre Eliseo, en el momento del rapto al cielo (cf. 2Re 2,13), ha sido interpretado como el paso del espíritu profético del padre al discípulo y también como símbolo de la vida consagrada en la Iglesia, que vive de memoria y profecía renovadas.

Elías, el tesbita, se presenta de pronto en el escenario del reino del Norte con una amenaza contundente: En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando (1Re 17,1). Manifiesta así una rebelión de la conciencia religiosa ante la decadencia moral a la que la prepotencia de la reina Jezabel y la pereza del rey Acab conducen al pueblo. La sentencia profética que cierra forzadamente el cielo es un desafío abierto a las funciones especiales de Baal y del grupo de los baalîm, a los que se atribuía fecundidad y fertilidad, lluvia y bienestar. Partiendo de aquí, se va tejiendo la acción de Elías en episodios que, más que narrar una historia, presentan momentos dramáticos y de gran fuerza inspiradora (cf. 1Re 17-19.21; 2Re 1-2).

A cada paso Elías vive in progress su servicio profético, conociendo purificaciones e iluminaciones que caracterizan su perfil bíblico, hasta el punto más alto del encuentro con el paso de Dios en la brisa tenue y silenciosa del Horeb. Estas experiencias son inspiración también para la vida consagrada. Ésta también debe pasar desde el refugio solitario y penitente del wadi del Carit (cf. 1Re 17,2-7) hasta el encuentro solidario con los pobres que luchan por sus vidas, como la viuda de Sarepta (cf. 1Re 17,8-24); aprender la audacia genial representada en el reto del sacrificio sobre el monte Carmelo (cf. 1Re 18,20-39) y de la intercesión por el pueblo entumecido por la sequía y la cultura de muerte (cf. 1Re 18,41-46), hasta defender los derechos de los pobres atropellados por los prepotentes (cf. 1Re 21) y poner en guardia contra las formas idolátricas que profanan el santo nombre de Dios (cf. 2Re 1).

Página especialmente dramática es la depresión mortal de Elías en el desierto de Berseba (1Re 19,1-8): pero allí Dios, ofreciendo pan y agua de vida, sabe transformar delicadamente la fuga en peregrinación hacia el monte Horeb (1Re 19,9).

Es ejemplo para nuestras noches oscuras que, como para Elías, preceden el resplandor de la teofanía en la brisa tenue (1Re 19,9-18), y preparan para nuevas temporadas de fidelidad, que se convierten en historias de llamadas nuevas (como para Eliseo: 1Re 19,19-21), y también infunden coraje para intervenir contra la justicia sacrílega (cf. el asesinato del campesino Nabot: 1Re 21,17-29). Por último, nos conmueve el saludo lleno de afecto a la comunidad de los hijos de los profetas (2Re 2,1-7) que prepara para la subida final más allá del Jordán, hacia el cielo, en el carro de fuego (2Re 2,8-13).

Podríamos sentirnos atraídos por las gestas clamorosas de Elías, por las protestas furiosas, por las acusaciones directas y audaces, hasta llegar a la disputa con Dios en el Horeb, cuando Elías llega a acusar al pueblo de pensar sólo en proyectos destructivos y peligrosos. Pero pensemos que, en el momento histórico actual, pueden hablarnos mejor algunos elementos menores que son como pequeños signos, y que, en cambio, inspiran nuestros pasos y nuestras opciones de manera nueva en este momento histórico en el cual las huellas de Dios parecen desaparecer en la desertificación del sentido religioso.

El texto bíblico ofrece numerosos símbolos “menores”. Podemos citar: los pocos recursos de vida en el torrente Carit, con esos cuervos que obedecen a Dios llevando al profeta pan y carne, como gesto de misericordia y solidaridad. La generosidad, arriesgando la propia vida, de la viuda de Sarepta, que sólo posee un puñado de harina y un poco de aceite (1Re 17,12) y se los ofrece al profeta hambriento. La impotencia de Elías ante el niño muerto, su grito indeciso y el abrazo desesperado que la viuda interpreta teológicamente son la revelación del rostro de un Dios misericordioso. La lucha interminable del profeta postrado en intercesión –después del clamoroso y un poco teatral choque con los sacerdotes de Baal en el Carmelo– implorando lluvia para el pueblo extenuado por la sequía. En una especie de juego de equipo entre Elías, el chico que sube y baja del monte y Dios, que es el auténtico señor de la lluvia (y no Baal), llega finalmente la respuesta en forma de una nubecita como la palma de la mano (cf. 1Re 18,41). Una respuesta minúscula de Dios que, sin embargo, se convierte rápidamente en lluvia abundante y reparadora para un pueblo al límite de sus fuerzas.

Algunos días después, aquel pan cocido y aquel jarro de agua que aparecen al lado del profeta, en depresión mortal en el desierto, serán igualmente una pobre pero eficaz respuesta: es un recurso que da fuerza para caminar cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb (1Re 19,8). Y allí, en el hueco de una cueva donde Elías se refugia, todavía ardiendo de rebelión contra el destructor pueblo sacrílego que amenaza incluso su vida, asistirá a la destrucción de su imaginario de amenaza y de potencia: El Señor no estaba… ni en el huracán, ni en el terremoto, sino en una voz de silencio tenue (1Re 19,12).

Una página sublime para la literatura mística, una caída vertical hacia la realidad para toda la “rabia sagrada” del profeta: debe reconocer la presencia de Dios más allá de cualquier imaginario tradicional que lo aprisionaba. Dios es susurro y brisa, no es un producto de nuestra necesidad de seguridad y de éxito, no quedaba rastro de sus huellas (cf. Sal 77,20), pero está presente de forma auténtica y eficaz.

 Elías con su rabia y sus emociones, que podían estropearlo todo, creía ser el único fiel. En cambio, Dios sabía que había otros siete mil testigos fieles, profetas y reyes dispuestos a obedecerle (1Re 19,15-19), porque la historia de Dios no se identificaba con el fracaso del profeta deprimido y vehemente. La historia continúa, porque está en las manos de Dios, y Elías tiene que ver con ojos nuevos la realidad, dejarse regenerar por el mismo Dios en esperanza y confianza. Esa postura encorvada sobre la montaña para implorar la lluvia, que asemeja al niño recién nacido en el vientre de su madre, aparece simbólicamente también en el Horeb al esconderse en la cueva, y se completa con un nuevo nacimiento del profeta, que caminará erecto y regenerado por los misteriosos caminos del Dios viviente.

Al pie de la montaña el pueblo luchaba todavía contra una vida que no era ya vida, una religiosidad que era profanación de la alianza y nueva idolatría. El profeta debe cargar sobre sí mismo esta lucha y esa desesperación, tiene que desandar sus pasos (1Re 19,15), que ahora son sólo los de Dios, volver a atravesar el desierto que ahora florece con nuevo sentido, para que triunfe la vida y los nuevos profetas y jefes sean servidores de la fidelidad a la alianza.

 Unidos para escrutar el horizonte

Una disimulada acedia (ἀκηδία) desgana, a veces, nuestro espíritu, ofusca la visión, agota las decisiones y entorpece los pasos, conjugando la identidad de la vida consagrada en un modelo envejecido y autoreferencial, en un horizonte breve: «se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo»82. Contra esta inercia del espíritu y de la acción, contra esta desmotivación que entristece y apaga ánimo y voluntad, ya Benedicto XVI exhortó: «No os unáis a los profetas de desventuras que proclaman el final o el sinsentido de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y portad las armas de la luz –como exhortaba san Pablo (cf. Rm 13,11-14)–, permaneciendo despiertos y vigilantes. San Cromacio de Aquileya escribía: “Que el Señor aleje de nosotros tal peligro, que jamás nos dejemos apesadumbrar por el sueño de la infidelidad; que nos conceda su gracia y su misericordia para que podamos velar siempre en la fidelidad a Él. En efecto, nuestra fidelidad puede velar en Cristo” (Sermón 32,4)».

La vida religiosa está atravesando un vado, pero no puede quedarse en él definitivamente. Estamos llamados a pasar al otro lado –Iglesia en salida, es una de las expresiones típicas del papa Francisco– como kairós que exige renuncias, nos pide dejar lo que se conoce y emprender un largo camino difícil, como Abrahán hacia la tierra de Canaán (cf. Gn 12,1-6), como Moisés hacia una tierra misteriosa, conectada con los patriarcas (cf. Ex 3,7-8) como Elías hacia Sarepta de Sidón: todos hacia tierras misteriosas vislumbradas sólo en la fe.

No se trata de responder a la pregunta de si lo que hacemos es bueno: el discernimiento mira hacia horizontes que el Espíritu sugiere a la Iglesia, interpreta el murmullo de las estrellas de la mañana sin salidas de emergencia, ni atajos improvisados, se deja guiar a cosas grandes a través de señales pequeñas y frágiles, poniendo en juego débiles recursos. Estamos llamados a una obediencia común que se vuelve fe en el hoy para continuar juntos con «el coraje de echar las redes con la fuerza de su palabra (cf. Lc 5,5) y no de motivaciones sólo humanas»84.

La vida consagrada alimenta la esperanza de la promesa, está llamada a seguir el camino sin dejarse condicionar por lo que se queda atrás: Yo no pienso tenerlo todo ya conseguido. Únicamente, olvidando lo que queda atrás, me esfuerzo por lo que hay por delante (Flp 3,13-14). La esperanza no se construye basándose en nuestras fuerzas o nuestros números, sino mediante los dones del Espíritu: la fe, la comunión, la misión. Los consagrados son un pueblo liberado por la profesión de los consejos del Evangelio dispuesto a mirar en la fe más allá del presente, invitado a «ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos»85.

La meta de este camino está marcada por el ritmo del Espíritu, no es una tierra desconocida. Se abren delante de nuestro caminar nuevas fronteras, realidades nuevas, otras culturas, necesidades diversas, suburbios.

Imitando el juego en equipo del profeta Elías y de su siervo, es necesario recogerse en oración con un sentido de pasión y compasión por el bien del pueblo que vive en contextos desorientados y a menudo dolorosos. Urge también el servicio generoso y paciente del siervo, que sube a escrutar el mar, hasta percibir la pequeña “señal” de una historia nueva, de una “lluvia grande”. La brisa tenue se puede identificar hoy con muchos deseos inquietos de nuestros contemporáneos, que buscan interlocutores sabios, pacientes compañeros de camino, capaces de una acogida a corazón abierto, facilitadores y no controladores de la gracia, para nuevas épocas de fraternidad y salvación86.

Corre el tiempo de las pequeñas cosas, de la humildad que sabe ofrecer pocos panes y dos peces a la bendición de Dios (cf. Jn 6,9), que sabe entrever en la nubecilla como la palma de una mano la llegada de la lluvia. No estamos llamados a una guía preocupada y administrativa, sino a un servicio de autoridad que oriente con claridad evangélica el camino que tenemos que realizar juntos y con los corazones unidos, dentro de un presente frágil en el que ya el futuro se está generando. No nos sirve una «simple administración», es más bien necesario «caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos».

Una guía que acoja y anime con ternura empática la mirada de los hermanos y las hermanas, incluso la de aquellos que caminan con dificultad o frenan la marcha, ayudándoles a superar prisas, miedos y actitudes de renuncia. Puede haber quien vuelva al pasado, quien con nostalgia subraye las diferencias, quien rumie en silencio o plantee dudas sobre la escasez de medios, recursos, personas. «No nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual».

Se puede oír el eco del siervo de Elías que repite, escrutando el horizonte: ¡No se ve nada! (1Re 18,43). Estamos llamados a la gracia de la paciencia, a esperar y volver a escrutar el cielo hasta siete veces, todo el tiempo que sea necesario, para que el camino de todos no se detenga por la indolencia de algunos. Me hice débil con los débiles para ganar a los débiles. Me hice todo a todos para salvar como sea a algunos. Y todo lo hago por la buena noticia, para participar de ella (1Co 9,22-23).

Se nos ha dado el saber orientar el camino fraterno hacia la libertad según los ritmos y los tiempos de Dios. Escrutar juntos el cielo y vigilar significa estar todos llamados a la obediencia para «entrar en “otro” orden de valores, captar un sentido nuevo y diferente de la realidad, creer que Dios ha pasado también cuando no ha dejado huellas visibles, pero lo hemos percibido como voz de silencio sonora que nos lleva a experimentar una libertad imprevisible, para tocar los umbrales del misterio: Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos, oráculo del Señor (Is 55,8)»93.

El consagrado se vuelve memoria Dei, recuerda la acción del Señor. El tiempo que se nos concede caminar detrás de la nube nos pide perseverancia, ser fieles a escrutar en la vigilia como si se viera lo invisible (Hb 11,27). Es el tiempo de la nueva alianza. En los días del fragmento y del respiro breve, como a Elías se nos pide velar, escrutar el cielo sin cansancio para divisar la nubecilla, como la palma de la mano, custodiar la audacia de la perseverancia y la visión nítida de la eternidad.

(Extractado de la Segunda Carta Circular por el Año de la Vida Consagrada)

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