La opinión pública y la prensa (visión católica)

Reconocemos en la opinión pública un eco natural, una resonancia común, más o menos espontánea, de los hechos y de las circunstancias en el espíritu y en los juicios de las personas que se sienten responsables y estrechamente ligadas a la suerte de su comunidad. Nuestras palabras indican así otras tantas razones por las cuales la opinión pública se forma y se expresa tan difícilmente. Lo que hoy día se llama opinión pública no es muchas veces más que el nombre, un nombre vacío de sentido, algo como un vago rumor, una impresión artificiosa y superficial; nada de un eco espontáneo despertado en la conciencia de la sociedad y dimanante de ésta.

…Ya no hay tradiciones, ni hogar estable, ni seguridad de la vida, ni nada de todo lo que hubiera podido mantener a raya la obra de la disgregación y, con demasiada frecuencia, de la destrucción. Añadan el abuso de las fuerzas de las organizaciones gigantescas de masas que, encadenando al hombre moderno en su complicado engranaje, ahogan a sangre fría toda la espontaneidad de la opinión pública y la reducen a un conformismo ciego y dócil de ideas y de juicios.

¿No habrá, pues, ya en estas desgraciadas naciones hombres dignos de este nombre? ¿Hombres marcados con el sello de una verdadera personalidad, capaces de hacer posible la vida interior de la sociedad? ¿Hombres que, a la luz de los principios centrales de la vida, a la luz de sus fuertes convicciones, sepan contemplar a Dios, el mundo y todos los sucesos, grandes o pequeños, que en él se suceden? Estos hombres, al parecer, gracias a la rectitud de su juicio y de sus sentimientos, deberían poder edificar, piedra a piedra, la sólida pared sobre la cual la voz de estos sucesos, al chocar, se reflejada en un eco espontáneo. ¡Sin duda alguna hay todavía hombres de este temple, aunque, por desgracia, poco numerosos, y cada día más escasos, a medida que se ven suplantados por sujetos escépticos, hastiados, despreocupados, sin consistencia ni carácter, fácilmente manejados por algunos «hacedores del juego»!

El hombre moderno adopta gustoso posturas independientes y desenvueltas. Estas no son, la mayoría de las veces, sino una fachada detrás de la cual se esconden pobres seres, vacíos, inconsistentes, sin fuerza de espíritu para desenmascarar la mentira, sin fuerza en el alma para resistir la violencia de los que con habilidad saben poner en movimiento todos los resortes de la técnica moderna, todo el arte refinado de la persuasión para despojarlos de su libertad de pensamiento y hacerlos semejantes a las frágiles «cañas agitadas por el viento» (Mt 11,7).

¿Se atrevería alguien a decir con seguridad que la mayoría de los hombres es apta para juzgar, para apreciar los hechos y las corrientes en su verdadero peso, de suerte que la opinión sea guiada por la razón? Es ésta, sin embargo, una condición sine qua non de su valor y de su salud. ¿No se ve, en lugar de esto, cómo esta manera —la única legítima— de juzgar a los hombres y las cosas según reglas claras y justos principios es repudiada como un obstáculo de la espontaneidad, y cómo, por el contrario, el impulso y la reacción sensitivos del instinto y de la pasión son exaltados como los únicos «valores de la vida»? Bajo la acción de este prejuicio, lo que queda de la razón humana y de su fuerza de penetración en el profundo dédalo de la realidad es poca cosa. Los hombres de buen sentido no cuentan; quedan aquellos cuyo campo visual no se extiende más allá de su estrecha especialidad ni más arriba del poder puramente técnico. No es de estos hombres de quienes se puede esperar ordinariamente la educación de la opinión pública ni la firmeza frente a la astuta propaganda que se arroga el privilegio de moderarla a su gusto. En este terreno, los hombres de espíritu cristiano, sencillo, recto, pero claro, aunque la mayor parte de las veces no tengan muchos estudios, son muy superiores a aquéllos.

Los hombres a quienes debería tocar la misión de esclarecer y guiar a la opinión pública se ven frecuentemente, los unos por su mala voluntad o por su insuficiencia, los otros por imposibilidad o por presión, en una mala postura para dedicarse a ello con libertad y con éxito. Esta situación desfavorable afecta particularmente a la prensa católica en su actuación al servicio de la opinión pública. Porque todas las deficiencias, las incapacidades de que acabamos de hablar, tienden a la violación de la organización natural de la sociedad humana tal como Dios la ha querido, a la mutilación del hombre, que, formado a imagen de su Creador y dotado por El de inteligencia, había sido colocado en el inundo para enseñorearlo, totalmente penetrado de la verdad y dócil a los preceptos de la ley moral, del derecho natural y de la doctrina sobrenatural contenida en la revelación de Cristo.

En esta situación, el mal más temible para el publicista católico seria la pusilanimidad y el abatimiento. Vean la Iglesia: después de casi dos milenios, a través de todas las dificultades, contradicciones, incomprensiones, persecuciones abiertas o solapadas, nunca se ha desanimado, nunca se ha dejado deprimir. Tómenla como modelo. Vean, en las lamentables deficiencias que acabamos de señalar, el doble cuadro de lo que no debe ser y de lo que debe ser la prensa católica.

En toda su manera de ser y de obrar, la prensa católica debe oponer un obstáculo infranqueable al retroceso progresivo, a la desaparición de las condiciones fundamentales de una sana opinión pública y consolidar e incluso reforzar lo que de ella queda. Renuncie de buena gana a los vanos provechos de un interés vulgar o de una popularidad de mala ley; sepa mantenerse, con enérgica y decidida dignidad, inaccesible a todos los intentos directos o indirectos de corrupción. Tenga el valor —aun a costa de sacrificios pecuniarios— de alejar implacablemente de sus columnas todo anuncio, toda publicidad injuriosa para la fe o la honestidad. Al obrar así, ganará en valor intrínseco, acabará por conquistar la estima y luego la confianza y justificará la consigna tantas veces repetida: «En todo hogar católico, el periódico católico».

Pero, aun suponiendo las mejores condiciones interiores y exteriores en que se desenvuelva y propague, la opinión pública no es, sin embargo, infalible ni siempre absolutamente espontánea. La complejidad y la novedad de los acontecimientos y de las situaciones pueden ejercer una decisiva influencia en su formación, sin contar que no se libera fácilmente de los juicios preconcebidos, ni de la corriente dominante de las ideas, ni siquiera cuando la reacción estuviese objetivamente justificada, ni siquiera en el caso de que lograra imponerse. Es entonces cuando la prensa tiene un papel decisivo que realizar en la educación de la opinión, no para dictada o dirigirla, sino para servirla útilmente.

Esta delicada tarea supone, en los miembros de la prensa católica, competencia, una cultura general sobre todo filosófica y teológica, cualidades de estilo, tacto psicológico. Pero lo que le es indispensable, en primer lugar, es el carácter. El carácter, es decir, sencillamente, el amor profundo e inalterable al orden divino, que abraza y anima todos los dominios de la vida; amor y respeto que el periodista católico no debe contentarse con sentir y nutrir en el secreto de su propio corazón, sino que debe cultivar en los de sus lectores. En ciertos casos, la llama que así salta bastará para encender o para reavivar en ellos la centellita casi muerta de las convicciones y de los sentimientos dormidos en el fondo de su conciencia. En otros casos, su amplitud de miras y de juicio podrá abrir sus ojos, fijados con excesiva timidez en prejuicios tradicionales. En los unos como en los otros, el periodista católico se guardará siempre de «hacer» la opinión; más bien, ambicionará servirla.

Creemos que esta concepción católica de la opinión pública, de su funcionamiento y de los servicios que le presta la prensa, es completamente justa, y que es necesaria para abrir a los hombres, con arreglo a vuestro ideal, el camino de la verdad, de la justicia y de la paz.

Así, por su actitud frente a la opinión pública, la Iglesia se coloca como una barrera ante el totalitarismo, que, por su misma naturaleza, es necesariamente enemigo de la verdadera y libre opinión de los ciudadanos. De hecho, es por su misma naturaleza por lo que el totalitarismo niega este orden divino y la relativa autonomía que éste reconoce a todos los dominios de la vida, en cuanto todos ellos tienen su origen en Dios.

libertad

Esta oposición se ha afirmado de nuevo manifiestamente con ocasión de dos discursos en que nos dedicamos recientemente a aclarar la posición del juez ante la ley[1]. Nos hablábamos entonces de las normas objetivas del derecho, del derecho divino natural, que garantiza a la vida jurídica de los hombres la autonomía requerida por una viva y segura adaptación a las condiciones de cada tiempo. Que no nos hayan comprendido los totalitarios, para quienes la ley y el derecho no son más que instrumentos en manos de los círculos dominantes, ciertamente, lo esperábamos. ¡Pero comprobar las mismas incomprensiones por parte de ciertos medios que, durante mucho tiempo, se habían proclamado como campeones de la concepción liberal de la vida, que habían condenado a hombres por el solo pecado de su adhesión a leyes y preceptos contrarios a la moral, he aquí algo que es muy para sorprendernos! Porque, en definitiva, que el juez, al dictar una sentencia, se sienta ligado por la ley positiva y obligado a interpretarla fielmente, no tiene nada de incompatible con el reconocimiento del derecho natural; más aún, es ésta una de sus exigencias. Pero lo que no se podría legítimamente conceder es que este vínculo sea anudado exclusivamente por el acto del legislador humano de quien emana la ley. Esto sería reconocer a la legislación positiva una seudomajestad que no se diferencia en nada de la que el racismo o el nacionalismo atribuía a la producción jurídica totalitaria, pisoteando los derechos naturales de las personas físicas y morales, Aquí también la prensa católica tiene señalado su puesto para expresar con fórmulas claras el pensamiento del pueblo, confuso, vacilante, embarazado ante el mecanismo moderno de la legislación positiva, mecanismo peligroso desde el momento en que se deja de ver en esta última una derivación del derecho divino natural.

Esta concepción católica de la opinión pública y del servicio que le rinde la prensa es también una sólida garantía de la paz. La prensa toma una decidida posición, de hecho y de derecho, a favor de la justa libertad de pensar y del derecho de los hombres a su juicio propio, pero los contempla a la luz de la ley divina. Que es tanto como decir que quien quiere ponerse lealmente al servicio de la opinión pública, sea la autoridad social o la prensa misma, debe prohibirse absolutamente toda mentira y toda excitación. ¿No es evidente que esta disposición de espíritu y de voluntad reacciona eficazmente contra el clima de guerra? Desde el momento, por el contrario, en que la pretendida opinión pública es dictada, impuesta, de grado o por fuerza; desde que las mentiras, los prejuicios parciales, los artificios del estilo, los efectos de voz y de gesto, la explotación del sentimiento, vienen a hacer ilusorio el justo derecho de los hombres a su propio juicio, a sus propias convicciones, entonces se crea una atmósfera pesada, malsana, ficticia, que, en el curso de los acontecimientos, de repente, tan fatalmente como los odiosos procedimientos químicos hoy día demasiado conocidos, sofoca o adormece a los mismos hombres y les obliga a exponer sus bienes y su sangre por la defensa y el triunfo de una causa falsa e injusta. En verdad, allí donde la opinión pública deja de funcionar libremente, allí es donde está en peligro la paz.

Finalmente, querríamos todavía añadir una palabra referente a la opinión pública en el seno mismo de la Iglesia (naturalmente, en las materias dejadas a la libre discusión). Se extrañarán de esto solamente quienes no conocen a la Iglesia o quienes la conocen mal. Porque la Iglesia, después de todo, es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública le faltase; falta cuya censura recaería sobre los pastores y sobre los fieles. Pero también aquí la prensa católica puede hacer un servicio muy útil. A este servicio, sin embargo, más que a cualquier otro, el periodista debe aportar aquel carácter del que hemos hablado, y que está formado por un inalterable respeto y un amor profundo hacia el orden divino, es decir, en el caso presente, hacia la Iglesia tal como ella es, no solamente en los designios eternos, sino tal como vive concretamente aquí abajo en el espacio y en el tiempo, divina, sí, pero formada por miembros y por órganos humanos.

Si posee este carácter, el publicista católico sabrá evitar tanto un servilismo mudo como una crítica descontrolada. Ayudará con una firme claridad a la formación de una opinión católica en la Iglesia, precisamente cuando, como ahora, esta opinión oscila entre los dos polos, igualmente peligrosos, de un espiritualismo ilusorio e irreal y de un realismo derrotista y materializante. Alejada de estos dos extremos, la prensa católica deberá ejercer entre los fieles su influencia sobre la opinión pública en la Iglesia. Solamente así se podrán eludir todas las ideas falsas, por exceso o por defecto, sobre la misión y sobre las posibilidades de la Iglesia en el dominio temporal y, en nuestros días, sobre todo en la cuestión social y el problema de la paz…


(La negritas son nuestras)

Fuente: Pío XII, discurso a los participantes en el I Congreso Internacional de Prensa Católica, 17 de febrero de 1950. Texto completo y original en http://w2.vatican.va/content/pius-xii/it/speeches/1950/documents/hf_p-xii_spe_19500217_la-presse.html

[1] Discurso sobre el concepto cristiano del derecho y la aplicación de la ley injusta, dirigido al Congreso de Juristas Católicos Italianos, 6 de noviembre de 1949.

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