Cómo practicar el ayuno y la abstinencia (Pablo VI)

¿Cómo ayunar y hacer abstinencia en cuaresma?

  1. La ley de la abstinencia prohíbe el uso de carnes, pero no el uso de huevos, lacticinios y cualquier condimento a base de grasa de animales.
  2. La ley del ayuno obliga a hacer una sola comida durante el día, pero no prohíbe tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche, ateniéndose, en lo que respecta a la calidad y cantidad, a las costumbres locales aprobadas.

¿Quiénes tienen que ayunar y hacer abstinencia?

  1. A la ley de la abstinencia están obligados cuantos han cumplido los 14 años;
  2. A la ley del ayuno, en cambio, están obligados todos los fieles desde los 21 cumplidos hasta que cumplan los 59.

En cuanto respecta a los de edades inferiores, los pastores de almas y los padres se deben aplicar con particular cuidado a educarlos en el verdadero sentido de la penitencia.

El párroco, por justo motivo, puede conceder, a cada fiel o a cada familia en particular, la dispensa o conmutación de la abstinencia o del ayuno por otras obras piadosas.

Via Crucis en el Coliseo romano 1977
Via Crucis en el Coliseo romano 1977

¿En qué espíritu deben hacerse el ayuno y la abstinencia?

El Papa Pablo VI expresaba que:

El carácter eminentemente interior y religioso de la penitencia, y los maravillosos aspectos que adquiere “en Cristo y en la Iglesia”, no excluyen ni atenúan en modo alguno la práctica externa de esta virtud, más aún, exigen con particular urgencia su necesidad [Cf. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis, 16; Constitución pastoral Gaudium et spes, 49 y 52]

La verdadera penitencia no puede prescindir, en ninguna poca de una “ascesis” que incluya la mortificación del cuerpo; todo nuestro ser, cuerpo y alma (más aún, la misma naturaleza irracional, como frecuentemente nos recuerda la Escritura [Cf. Jn 3, 7-8], debe participar activamente en este acto religioso, en el que la criatura reconoce la santidad y majestad divina. La necesidad de la mortificación del cuerpo se manifiesta, pues, claramente, si se considera la fragilidad de nuestra naturaleza, en la cual, después del pecado de Adán, la carne y el espíritu tienen deseos contrarios [Cf. Ga 5, 16-17; Rm 7,23]. Este ejercicio de mortificación del cuerpo —ajeno a cualquier forma de estoicismo— no implica una condena de la carne, que el Hijo de Dios se dignó asumir [Cf. 1Tm 4, 4-5; Flp 4, 8]; al contrario, la mortificación corporal mira por la “liberación” del hombre, que con frecuencia se encuentra, por causa de la concupiscencia desordenada, como encadenado [Cf. Rm 7, 23] por la parte sensitiva de su ser.

Por ello, la Iglesia —al paso qué reafirma la primacía de los valores religiosos y sobrenaturales de la penitencia (valores capaces como ninguno para devolver hoy al mundo el sentido de Dios y de su soberanía sobre el hombre, y el sentido de Cristo y de su salvación)— [Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 10 y 41] invita a todos a acompañar la conversión interior del espíritu con el ejercicio voluntario de obras externas de penitencia.

(CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA PAENITEMINI DE SU SANTIDAD PABLO VI)

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