El desarrollo espiritual

A. Purificación del alma. – Nuestro Señor contempla y describe toda la ascensión de un alma desde su conversión hasta la unión divina y la práctica de las virtudes heroicas. Resumirá muchas veces esta enseñanza en algunas palabras, cuando diga: «Si quisieren venir tras de mi, renuncien a ustedes mismos, tomen su cruz y síganme. – Si quisieren ser perfectos, den todo a los pobres, tendrán su tesoro en el cielo, y síganme».

Va a describirnos ocho grados de esta ascensión y en cada uno de ellos nos recordará que con el avance encontramos la felicidad.

(1) Bienaventurados los pobres en espíritu. En el primer grado, el pecador tiene consciencia de su pobreza, de su impotencia, de su indigencia espiritual, de la necesidad que tiene de mi misericordia y de la gracia de Dios; siente aquí la necesidad de desapegarse de las criaturas, que lo sedujeran con sus encantos engañadores y que fueran muchas veces para él trampas del pecado. Desapega su corazón de los bienes terrestres; y si quiere ser heroico, renuncia enteramente a ellos.

(2) Bienaventurados los que son mansos. En el segundo grado, el pensamiento de sus pecados lo lleva a la penitencia. Se somete sin murmurar a las pruebas que la Providencia le envía, persuadiéndose de que es tratado todavía más bien de lo que merece, y soporta con dulzura los defectos de sus hermanos.

(3) Bienaventurados los que lloran. El recuerdo de sus pecados pasados llena al pecador de una santa tristeza: hace correr por sus sus ojos las lágrimas del arrepentimiento, que tienen una dulzura misteriosa. Llora también sobre todos los males que desolan la tierra.

B. (4) Bienaventurados los que tienen hambre y sede de justicia. – El alma que resiente el vivo sentimiento de su miseria experimenta ser liberada de ella y ser revestida de justicia y de virtud. Ella solicita primero su justificación, su reconciliación con Dios; después tiene sed de practicar toda la justicia, de cumplir toda la ley, de servir a Dios como Él lo desea.

Es ya el Sígueme; ella se entrega a la imitación de Nuestro Señor y con Él quiere servir a su Padre celestial en fidelidad a todos los mandamientos. Como Zaqueo, repara, restituye y nada teme tanto si no guardar todavía alguna obligación que le pese.

(5) Bienaventurados los misericordiosos. – El alma convertida quiere también dedicarse al prójimo. Toda embalsamada por la misericordia divina, quiere a su vez ser misericordiosa. Su corazón está dilatado. Ella se entrega a todas las obras de caridad. Sabe también que Dios fortalecerá y multiplicará su misericordia con ella, si ella misma es caritativa con el prójimo.

C. Unión y fervor. – (6) Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios. Es el comienzo de la unión. El alma purificada saborea una felicidad inebriante. Derrama dulces lágrimas. Se siente pura, Dios habita en ella. Lo siente, lo ve realmente, esto es, ve en la luz divina la conducta de Dios sobre ella, sus mandamientos, sus consejos y todo lo que interesa a su vida espiritual y sus progresos. Ve los peligros a evitar, los sacrificios por hacer, los actos de virtud a practicar. La oración del alma pura es luminosa.

(7) Bienaventurados los pacíficos. El alma pura y unida a Dios goza una paz deliciosa y toda sobrenatural, la paz de los hijos de Dios. Está en paz con Dios, con su conciencia, con el prójimo. La paz de esta alma se refleja en su rostro. Reconoce su origen divino. Estas almas son llamadas hijos de Dios. – Esta paz es la garantía de los progresos más notables. Nuestro Señor se complace es estas almas pacificadas. En ellas mora, en ellas esparce sus gracias, hace de ellas sus esposas.

(8) El Corazón de Jesús es un abismo de paz, la paz del alma indica su presencia y su acción. Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece.

Nuestro Señor nos lo dirá muchas veces: en su seguimiento, en su compañía, uno lleva la cruz. Él da su fuerza, aún el gusto de ella. Esta paciencia es la señal de la unión con Nuestro Señor.

El esposo divino quiere que su esposa le sea semejante. «Si alguien quisiera venir atrás de mi, que tome su cruz y me siga».

La mayor señal de amor es sufrir por el objeto amado.

¡Qué admirables son tus enseñanzas, oh mi Salvador! ¡Y cómo sabes en pocas palabras trazarnos todo el camino que conduce a ti!

Resoluciones: Bienaventurado, dice el salmista, el hombre que Dios enriqueció con a su gracia, sube con orden escalón a escalón. Dame, Señor, esta gracia. Tengo hambre y sed de unión con tu divino Corazón. ¿Qué deseo en el cielo y en la tierra? Sólo Tú, mi Dios, el Dios de mi corazón y mi compartir por la eternidad (Sal 72).

Coloquio: con Jesús enseñando a sus discípulos.

León Dehon, El año con el Sagrado Corazón

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