El culto al Sagrado Corazón

Fundado en la contemplación del misterio de la Transfrixión (cf. Juan 19, 34-37), este culto ha querido destacar, bajo el signo del Corazón abierto, al amor misericordioso de Dios por los hombres pecadores y suscitar en ellos la acogida de ese amor. En este contexto, la línea espiritual del P. Dehon fue una experiencia vivida del misterio del amor de Dios revelado en Jesucristo Salvador, misterio de un amor actual y que obra en la actualidad. Se expresa con la frase de San Juan:

“Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Juan 4,16).

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La vida de unión

En el costado abierto de Cristo, siguiendo al evangelista y a una larga tradición espiritual, el P. Dehon descubrió el amor del Padre que obra en su propia vida y la de los hombres. Este descubrimiento le condujo a la experiencia de una unión íntima, personal y actual con Cristo, desarrollando la configuración obrada por el bautismo que nos hace existir y vivir en Cristo (cf. 2 Timoteo 3,12; Filipenses 1,21). Esta unión se vive en el amor, el que nos trae Cristo mismo (cf. Efesios 3,17). Unirse así a Cristo es dejarlo vivir en nosotros para que nos conduzca al Padre por el Espíritu. Es también, y por el mismo motivo, comprometerse con Él en el amor hacia la humanidad por la que se entregó. El corazón de Jesús es a la vez signo y plenitud de esta unión entre Dios y el hombre.

Por último, el caminar espiritual del P. Dehon lo condujo a la experiencia de la vida actual de Cristo en comunidad fraterna, en la Iglesia y, mediante ella, en el corazón del mundo1. La Iglesia continúa la obra de reconciliación y unificación humanas, el misterio de recapitulación que ha de construir en Cristo un pueblo reconciliado y ofrecido a Dios. En ella, la atención prestada al Corazón de Cristo conduce a discernir el poder de su amor en el seno del mundo en gestación con sus esfuerzos, luchas y sufrimientos, en la búsqueda de su unidad y su salvación (cf. Romanos 8,18-23)2.

La vida de unión se ilumina con la contemplación de los misterios de la vida de Cristo, sobre todo el de la Transfixión. Bajo la certeza de estos misterios se nos invita a buscar siempre la revelación actual del amor de Cristo3. Lejos de ser un simple ejercicio de piedad, esta contemplación nos conduce, de un modo privilegiado, a la existencia en Cristo.

La vida de unión se nutre y se perfecciona en el misterio de la Eucaristía que, al manifestar la presencia actual y permanente del amor de Cristo, nos hace comulgar en él mediante la ofrenda litúrgica y por la adoración.

La vida de oblación

La oblación es el camino por el que entregamos y consagramos nuestras personas y nuestras actividades a la santa voluntad divina. Se resume en el Ecce venio4.

La oblación encuentra su fundamento en la imitación y en el seguimiento de Cristo-Servidor, y se enraíza en la gracia bautismal.

“Sigan el camino del amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, ofreciéndose a Dios en sacrificio de agradable olor” (Efesios 5,1-2).

Es, sobre todo, en el misterio de la Pasión, resumido en el signo del costado abierto, donde el P. Dehon contempla la oblación del Salvador y busca la inspiración de su propia oblación. En este signo, la Iglesia contempla con el evangelista el cumplimiento perfecto del misterio pascual: oblación e inmolación saludable del nuevo Cordero pascual, manantial de vida para el nuevo Pueblo de Dios. La oblación es conducida allí a su término: el sacrificio para la salvación de los hombres. Esta oblación es la que, bajo la acción del Espíritu Santo, se nos invita a vivir.

Además. nuestra oblación en seguimiento de Cristo no se concibe sin sacrificio. Es una vida de amor y de inmolación que nos hace dar testimonio en la Iglesia “de los sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Filipenses 2, 5-8; cf. LG 42)5.

La disponibilidad-abandono

El espíritu de oblación se realiza por la disponibilidad efectiva hacia Dios y los hombres en el detalle de la vida y de la acción. Eso es lo que el P. Dehon llama abandono y que recomienda con tanta insistencia6.

En la búsqueda y acogida de la voluntad actual de Dios sobre nosotros es que este espíritu de oblación y la disponibilidad, que es su fruto, encuentran continuamente materia para ejercerse y desarrollarse. Esto debe ser nuestra preocupación constante, como fue la del P. Dehon, que había hecho su divisa de la palabras de S. Pablo en el camino de Damasco:

“¿Qué he de hacer, Señor?” (Hechos 9,6; 22,10)7.

Aprendiendo a discernir “los signos de los tiempos”, debemos estar atentos a los signos verdaderos de la presencia y de la acción de Dios. “La voluntad de Dios -nos dice el P. Dehon- se da a conocer a cada instante”8. Nuestra vocación a una total disponibilidad debe hacernos también particularmente “sensibles” a las llamadas de Dios en los acontecimientos y en las personas, para responderle con fidelidad. Sólo una intensa vida de fe, esperanza y caridad, puede ciertamente sostener e iluminar este esfuerzo y esta fidelidad.

Como para Abraham, que “obedeció a la llamada y partió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11,8), una tal disponibilidad requiere la entrega de sí mismo en las manos del Padre, con esa confianza de la que habla el Sermón del la montaña (cf. Mateo 6, 25-34) y que fue vivida por Cristo hasta la muerte (cf. Juan 14,31). Ella requiere también la familiaridad con la persona del Señor, con su Palabra y con el pensamiento de la Iglesia. Una profunda vida de plegaria y de oración es la condición indispensable del discernimiento espiritual y de la disponibilidad total hasta el sacrificio.

El amor reparador

En la descripción de su experiencia espiritual y en su enseñanza, el P. Dehon consideró la reparación o el espíritu de reparación como un elemento importante y característico de su Instituto. Él vivió y comprendió personalmente el misterio del pecado y el de la reparación como una exigencia de amor, una llamada a una humilde y generosa fidelidad. Místico y apóstol, sufrió porque el amor de Cristo no es reconocido en toda su verdad. De donde su voluntad constante de “reparar amando -decía él- y amar reparando”9, y ofrecerse él mismo a Cristo para hacerlo conocer y amar y, con Él, dar gloria al Padre.

Toda reparación cristiana se sitúa en el movimiento mismo de la obra redentora. Esta es a la vez liberación del pecado que divide, creación de un Pueblo nuevo restaurado en la unidad, recapitulado en Cristo y consagrado a Dios (cf. Efesios 1, 3-14; Colosenses 1,20). Realizada por la muerte y resurrección de Cristo, se obra en el corazón de la vida de los hombres y se acaba en el homenaje de perfecta reparación en la que Cristo presenta a su Padre el universo restaurado y unificado (cf. 1 Corintios 15,24; Apocalipsis 1,6).

Habilitado por su bautismo para “completar en su carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1,24), el cristiano está llamado a participar en la obra redentora y a hacerla fructificar: en su propia vida, por una conversión cada vez más profunda de su corazón; y en la vida del Cuerpo entero, por su propia oblación con Cristo Salvador.

El padre Dehon nos invita a responder a nuestra vocación bautismal en la perspectiva de una vida de amor y reparación. Esta vida reparadora quiere ser una respuesta al amor de Cristo hacia nosotros, una comunión con su amor por el Padre y una cooperación en su obra de redención en el seno del mundo. Efectivamente, ahí es donde libera hoy a los hombres del pecado y restaura a la humanidad en la unidad. Ahí es también a donde nos llama para vivir nuestra vocación reparadora como estimulante de nuestro apostolado (cf. GS 38).

A veces la vida reparadora se vivirá con la ofrenda de sufrimientos soportados con paciencia y amor, en la noche de la soledad, como una eminente y misteriosa comunión con los sufrimientos y con la muerte de Cristo por la redención del mundo. Esta modalidad de vida reparadora está formalmente señalada por el P. Dehon como participando de las perspectivas posibles de la vida de abandono10 (cf. LG 41).

Finalmente, la vida reparadora encuentra entre nosotros en el culto eucarístico, una de sus expresiones tradicionales y auténticas. En el sacrificio de la Misa y la adoración eucarística la intención reparadora encuentra su culminación de culto por la unión con el Sacrificio de Cristo, por la oración de penitencia, de alabanza y de acción de gracias.

XV Capítulo General, Orientaciones capitulares, 64-88

Notas

1 “En el Corazón de Jesús es donde nos debemos unir a Dios: allí encontraremos al Padre y al Espíritu Santo, en el Corazón del Hijo” (León Dehon, CAM-1, 124. Ed. Española, pág. 74)

2 “El misterio de la Iglesia no se puede comprender como se debe si las almas no fijan su atención en ese amor eterno del Verbo Encarnado del que el Corazón de Jesús herido es un símbolo esplendoroso” (Pablo VI, Carta Diserti Interpretes facti, 3). Cf. CAM-2, 70 (Ed. Española, pág 181).

3 Cf. CAM-2, 12. Ed. Española, pág. 157.

4 Cf. León Dehon, DSP, 14; CAM-1, 63-67 (Ed. Española, pág. 46-48).

5 Cf. DSP, 172-179.

6 Cf. DSP, 172-180.

7 Cf. Extr., p. 7

8 DSP, 14.

9 León Dehon, Conferencia de Navidad, 1880.

10 Cf. DSP, 10, 36-37.

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