De la espiritualidad victimal al sacerdocio bautismal

La espiritualidad victimal —el ofrecimiento de sí a Dios como víctima— ha constituido un elemento importante de la piedad católica, especialmente en el periodo 1850-1950.

Quisiera poner en evidencia cierto vínculo entre el victimalismo y el redescubrimiento del sacerdocio bautismal.

La espiritualidad vivida por los cristianos antes del Vaticano II evidencia una conciencia del papel realmente sacerdotal de todo bautizado: a esta conciencia pertenece también la espiritualidad victimal. Quizá esta intuición verdaderamente cristiana sea también el motivo por el que tal espiritualidad atrajo a tantas almas generosas.

Fue un fenómeno primeramente francés en sus orígenes y que recibió un segundo impulso desde Francia con la divulgación del ofrecimiento al amor misericordioso de Santa Teresita cuyo ejemplo atrajo a numerosas almas generosas por insistir más en el amor divino que en la fría justicia del victimalismo tradicional.

La devoción eucarística

El primer y esencial punto de encuentro del victimalismo con el sacerdocio común es sin duda la devoción eucarística: es al contemplar al Cristo de la Eucaristía y sobre todo al vivir de Él que el cristiano del periodo considerado describe también su vida en términos victimales y sacerdotales, a ejemplo de la oblación de Jesús.

Un gran éxito de la literatura espiritual del XIX, muchas veces editado y traducido, obra del beruliano Charles Gay († 1892), exclamaba así:

«La Iglesia tiene, si cabe así decirlo, dos vidas, a saber: una el sacrificio místico de Jesucristo, y otra la perpetuación real de este sacrificio en la persona de los fieles cristianos. […] Vosotras, pues, todas, almas privilegiadas que padecéis: mirad ante todo a Jesucristo. […] Pero también con fe sencilla y firme confianza, que ni aun sombra de daño causen a vuestra humildad, decíos muy alto a vosotros mismos que en unión con Jesús lleváis pendiente de vuestra mano al mundo, para servirle y redimirle, y santificarle y restituirle a Dios, su autor y único Señor y dueño. […] Decíos también, almas crucificadas, que junto con ser víctima, Jesús es sacerdote de su propio sacrificio, y que por el mero hecho de vuestro padecer, no sólo participáis de los frutos de esa divina oblación, sino que os erigís en hostias de aquel Sumo Sacerdote. […] Para ante Dios sois, con Jesús y en Jesús, una misma y sola oblación, un mismo y único holocausto».

Tales expresiones pertenecen a un fecundo surco de lectura de la Escritura —sobre todo Heb, Ap 5 (el Cordero degollado, que redime la humanidad con su sangre), 1 Pe 2, 4-10 («Un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales»), 1 Jn 2, 2 («Él [Cristo] es la víctima de propiciación por nuestros pecados») y Col 1,24 («Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia»)— surco especialmente recorrido por la Escuela francesa de espiritualidad.

La doble insistencia de esta Escuela sobre la identificación con Cristo y sobre el sacrificio hizo que entendiera al bautizado como sacrificado a ejemplo de Jesús. «El ofrecimiento victimal como tal nace con la Escuela francesa», ya desde Pierre de Bérulle —que «ordenaba la existencia cristiana, concebida como esencialmente victimal, alrededor de la “oblación primitiva” que el Nuevo Adán hizo de su corazón y de su espíritu al entrar en el mundo» y más aún con Charles de Condren, su sucesor como superior del Oratorio de Francia. Y es clara la influencia del berulismo sobre los victimalistas del 1850 al 1950.

Puede citarse el ejemplo de Sylvain-Marie Giraud (†1885), superior de los Misionarios de la Salette, que «para probar lo bien fundamentada de la espiritualidad victimal, partirá, como los berulianos, de nuestra condición de bautizados» porque «saca su inspiración victimal de Jean-Jacques Olier», el fundador de San Sulpicio: «sus libros, publicados a partir de 1863, difundieron ampliamente el victimalismo», y Bremond lo cualificaba como «uno de los más grandes espirituales de los tiempos modernos». Propuso la unión a Cristo en su vida de víctima a sacerdotes y a laicos con exhortaciones semejantes:

«Todo cristiano es sacerdote, no para ofrecer por su oficio el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo; pero es sacerdote porque participa, por derecho de su bautismo, de esta divina oblación, cooperando con ella de diversos modos; y es sacerdote para ofrecerse a sí mismo como víctima, en unión con el sacrificio de Jesucristo, delante de la Majestad del Padre. […] Esta gracia santificante es fundamentalmente una gracia de víctima».

La devoción al Sagrado Corazón

Una primera intersección entre victimalismo y sacerdocio real se encuentra así en el influjo de la Escuela francesa sobre la comprensión de toda vida bautizada como un sacrificio. Pero «el espíritu victimal […] entró en la piedad cristiana a partir de la Escuela francesa y de la doctrina de Paray»1, la doctrina nacida con las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Marguerita-María. Y esta devoción al Sagrado Corazón determina una segunda intersección entre espiritualidad victimal y conciencia del sacerdocio bautismal: el ofrecimiento victimal de sí consuela el Corazón de Cristo herido por nuestros pecados. Esta influencia de Paray se comprueba en Léon Dehon († 1925) quien funda en 1877 los Sacerdotes del Corazón de Jesús2.

Laurent TOUZE, Espiritualidad victimal y conciencia del sacerdocio común. XXIV Simposio Internacional de Teologia (2003).

1Marcel DENIS s.c.j., Los ensayos de los sacerdotes víctimas del Sagrado Corazón en el siglo XIX en Francia, en Roger VEKEMANS s.j. (ed.), Cor Christi. Historia, teología, espiritualidad y pastoral, Instituto Internacional del Sagrado Corazón, Bogotá 1980, p. 68. También: Giuseppe MANZONI, Victimale (spiritualité), en DSp 16 (1994), 541.

2«Unique institut de prêtres victimes fondé au 19e siècle qui ait survécu»: Giuseppe MANZONI,Victimale (spiritualité), cit., 544.

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