La pastoral de situaciones matrimoniales irregulares y difíciles

Un campo concreto de la pastoral penitencial viene determinado por los católicos que se encuentran en situación matrimonial irregular o difícil. Hasta hace unos años su extensión era bastante reducida; hoy, en cambio, ha adquirido grandes proporciones (Cfr. Francisco, AL 39) y las expectativas de crecimiento siguen un ritmo creciente en los países de tradición cristiana.

La pastoral penitencial de hoy no puede prescindir de este amplio sector de cristianos. El punto de partida exige una labor de discernimiento para distinguir con claridad quiénes se encuentran comprendidos entre los casos “irregulares” y quiénes entre los “difíciles”, pues no son equiparables desde el punto de vista teológico, jurídico y pastoral.

Situaciones matrimoniales irregulares

Se encuentran en situación matrimonial irregular, al menos estas tres categorías de personas: los divorciados civilmente vueltos a casar; los conviventes (“uniones de hecho”), y los casados tan sólo civilmente.

El primer grupo está formado por los católicos que, contraído validamente el vínculo matrimonial y permaneciendo dicho vínculo, han atentado un “nuevo matrimonio” y viven en él. Esta situación se suele crear mediante una sentencia de divorcio, emitida por la autoridad civil (o de cesación de los efectos civiles, en el caso de matrimonio concordatario) y por un pretendido nuevo vínculo matrimonial que se asume mediante el matrimonio civil. Se encuentran en idéntica situación de los divorciados vueltos a casar y asimilados, quienes, dejando de lado el anterior vínculo matrimonial válido, viven de hecho una convivencia (que parece) matrimonial, esté o no sancionada por una formalidad civil.

El segundo grupo lo forman los católicos que, sin haber asumido un vínculo matrimonial válido, simulan el estado matrimonial, condividiendo “techo, mesa y lecho”, realidades típicamente matrimoniales pero que no tienen el respaldo de ningún vínculo matrimonial. Se les equiparan en todo, los católicos que tienen una convivencia marital basada tan sólo en el matrimonio civil y después, abandonada esta “experiencia”, conviven en una relación únicamente de hecho. Para formar parte de esta categoría es indispensable la ausencia de todo matrimonio precedente válido y la ausencia de toda formalidad, aunque sólo sea civil, que “ratifique” su convivencia.

Finalmente, el tercer grupo está constituido por los católicos que conviven sin haber asumido ningún matrimonio válido y “fundan” su actual convivencia en la única formalidad de la “celebración” de un “rito” matrimonial público ante la autoridad civil.

Matrimonios católicos en situación difícil

Estas situaciones irregulares no deben confundirse con la de los matrimonios católicos que se encuentran en situación difícil, a saber: los separados y los divorciados. Los separados son aquellos católicos que han interrumpido la convivencia matrimonial y no comparten ya con el propio cónyuge “techo, mesa y lecho”, aunque admiten la persistencia de su vínculo matrimonial válido. Como es sabido, la “separación” no es una decisión autónoma de los cónyuges, sino que obedece a criterios objetivos determinados por la Iglesia y a su juicio. Los divorciados son los católicos que han interrumpido la convivencia a pesar de existir un vínculo matrimonial válido, recuperando la posibilidad de “contraer” un nuevo “matrimonio” civil, aunque hasta ahora no han hecho uso de dicha posibilidad.

Aunque pudiera parecer que todos estos grupos están en idéntica situación, la diferencia es esencial, pues los matrimonios en situación irregular se encuentran en un estado objetivamente contrario a la ley de la Iglesia, mientras que los de la situación difícil están sólo en peligro de caer en tal estado.

La posición eclesial de cada grupo

1) La posición eclesial de los que se encuentran en situaciones matrimoniales irregulares es ésta: no están excomulgados, pero, estando en la Iglesia y en comunión con ella, tal comunión no es plena (cf. AL 243). No están excomulgados porque la excomunión, como pena medicinal o censura que la Iglesia impone en los casos más graves para impulsar a los cristianos a la conversión, no está prevista para este tipo de católicos. Estas personas son y permanecen cristianos y miembros del Pueblo de Dios, tanto por el Bautismo, como por otros muchos vínculos que, más allá del Bautismo y la fe, permanecen entre estos divorciados y la Iglesia. Si la comunión con la Iglesia resulta del triple vínculo: la fe, los sacramentos y los pastores (cf. LG 14), los divorciados vueltos a casar no se diferencian de los otros cristianos respecto a su inserción en la Iglesia. Continúan dentro de la Iglesia, que los sigue considerando como hijos, más aún: los invita y anima a una vida cristiana más intensa. Su no plena comunión con la Iglesia no está en la carencia de algunos o algunos de vínculos que constituyen la comunión, sino en la manifestación de dicha comunión. La imposibilidad de acceder a la Eucaristía no llega a desvirtuar su comunión con la Iglesia.

No obstante, los “matrimonios en situación irregular” no pueden acceder a la comunión eucarística, pues no pueden recibir la absolución sacramental. En efecto, los que tienen conciencia de pecado grave, no pueden “comer el cuerpo y beber la sangre del Señor” sin previa reconciliación sacramental (cf. 1 Cor 11, 27-29 y el CIC 916), puesto que su estado de vida es objetivamente contrario al Evangelio y cierran la posibilidad de reconciliarse, dado que la reconciliación exige una ruptura con los pecados confesados y, en consecuencia, propósito de no cometerlos. No parece que haya duda sobre el hecho de que su vida está en abierto contraste con el Evangelio, puesto que éste proclama y exige un matrimonio único e indisoluble. Si la comunidad cristiana vive con profundidad las exigencias del Evangelio, ha de sentir el divorcio y el nuevo matrimonio civil como gravemente contrario con las indicaciones evangélicas (Cfr AL 300).

Ahora bien, la Iglesia no contempla con indiferencia o desprecio estas situaciones irregulares de sus hijos, ni con tanto rigor que niegue toda posibilidad para que los divorciados vueltos a casar reciban la confesión y comunión eucarística. Hay circunstancias en las que la Iglesia puede conceder el perdón de la Penitencia a estos hijos sin traicionar la fidelidad a su Esposo. Los obispos italianos han señalado las condiciones siguientes: arrepentimiento sincero, causa justa, compromiso de trasformar en amistad, estima y ayuda mutua la convivencia “matrimonial”, recepción de la comunión eucarística en un lugar donde no sean conocidos y se evite el escándalo (cf. CEI, La pastorale dei divorziati risposati e dai quanti vivono in situazioni matrimoniali dificili, 66-84). Entre las causas justas han indicado “la edad avanzada o la enfermedad de uno o de ambos cónyuges, la presencia de hijos necesitados de ayuda y educación” (n. 28b).

La “mera abstención” de relaciones conyugales no da derecho a acceder a la comunión; es preciso, además, un motivo proporcionado, que aproxima tal concesión a una especie de favor o dispensa. El compromiso de vivir en plena continencia, es decir: de abstenerse de los actos propios de los cónyuges, debe ser serio: apoyado en la certeza moral de poder mantenerlo, con la gracia de Dios y la puesta en práctica de los medios oportunos al efecto. En este sentido, la praxis pastoral no puede ser menos rigurosa que en los casos en que, al confesar una relación adulterina, se exige “no volver a cometer pecado”. La tercera condición -trasformar en relaciones amistosas la convivencia “marital”- resulta tan difícil de precisar en la práctica, que la Familiaris consortio prescinde de ella (cf. FC 84e). La última condición se rige por las normas generales sobre el escándalo; esto explica que la Familiaris consortio tampoco la mencione (ib.).

2) Los conviventes y casados sólo civilmente se encuentran en idéntica situación que los divorciados vueltos a casar, por lo que respecta a la reconciliación sacramental y a la comunión eucarística. Su situación es, no obstante, menos angustiosa en la praxis pastoral, pues puede ser regularizada con la celebración sacramental, o incluso con la convalidación y sanación “in radice”. No se les exige dejar la convivencia, sino hacerla reconocer como válida por la Iglesia, convirtiéndola en vínculo matrimonial válido y sacramento.

3) Los que se encuentran en situaciones difíciles -separados y divorciados no casados de nuevo- pueden acceder al sacramento de la reconciliación y a la comunión eucarística. La Conferencia Episcopal Italiana exige, en el caso de los separados, que mantengan viva “la exigencia del perdón propia del amor” y la disponibilidad “para preguntarse con el fin de actuar en consecuencia sobre la oportunidad o no de reemprender la vida conyugal” (n. 45) y en el caso de los divorciados que han pedido y obtenido el divorcio, “el arrepentimiento sincero y la reparación de mal hecho” (n. 48b).

Más en concreto, “para que pueda recibir el sacramento de la reconciliación el simple divorciado, debe manifestar al sacerdote que, aunque ha obtenido el divorcio civil, se considera verdaderamente ligado ante Dios con el vínculo matrimonial y que vive ahora como separado por motivos moralmente válidos, concretamente: por la inoportunidad o incluso imposibilidad de una reanudación de la vida conyugal” (n. 48c).

El confesor

El confesor debe evitar dos extremos: adoptar la actitud previa de negar sacramentalmente la absolución o, al contrario, no hacer de ello ningún problema (cf. AL 307). Está ligado por una doble fidelidad: el bien espiritual de los fieles y la doctrina del magisterio de la Iglesia. La primera fidelidad le impone valorar la situación del fiel y, si se aviene a las condiciones mencionadas, procurarle los medios necesarios y aptos para su salvación, incluidos los sacramentos (cf. AL nota 351, CIC 213), tras haber verificado que el fiel (penitente) posee las disposiciones debidas (cf. CIC 980). Por otra parte, dado que no es dueño de la confesión, sino ministro de la Iglesia, en la dispensación de la misericordia divina a los que están verdaderamente arrepentidos, no puede sino ser fiel a las directrices y normas de la autoridad competente (cf. AL 310, CIC 978.2).

A título orientativo, éstas han de ser sus actitudes: insistencia en la actitud de acogida como buen pastor; presunción a favor de la buena voluntad del penitente; discreción y prudencia al preguntar; no traicionar el ministerio de la misericordia, negando apresuradamente la absolución; saber usar con prudencia las situaciones de error o ignorancia, y las dudas de conciencia.

Brevemente: en este caso, como siempre, es indispensable un discernimiento tanto en el mismo acto de la confesión como fuera de ella, momento este último, en que puede resultar más fácil analizar la situación del interesado (Cf. AL 300). A través de una buena dirección espiritual el fiel será ayudado para no tener que repetir su situación en cada confesión y entre tanto acercarse a este sacramento, y a otros medios de reconciliación, en el contexto de un más amplio camino de conversión. (Cf. AL 204 y 227)

Dr. D. José Antonio Abad Ibáñez (Facultad de Teología de Burgos)

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s