La lógica de la misericordia pastoral

En Amoris laetitia, hacia el final del capítulo octavo -el cual concluye diciendo:

“Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal.”-

el Papa Francisco recuerda una importante enseñanza de san Juan Pablo II. Se trata de la carta aludida en la nota 364.

Puesto que no hay traducción al español en el sitio vatican.va, la ofrecemos ahora:

5. En parte por la errada reducción de la validez moral sólo a la así llamada “opción fundamental”, en parte por la reducción igualmente errada de los contenidos de la ley moral sólo al precepto de la caridad, con frecuencia entendido de modo vago con exclusión de los otros pecados, en parte aún -y tal vez sea esta la más difundida motivación de ese comportamiento- por una interpretación arbitraria y reductiva de la “libertad de los hijos de Dios”, querida como pretendida relación de confidencia privada prescindiendo de la mediación de la Iglesia, infelizmente hoy no pocos fieles, al aproximarse al sacramento de la Penitencia, no hacen la acusación completa de los pecados mortales en el sentido ahora recordado del Concilio Tridentino y, a veces, reaccionan al sacerdote confesor que, por deber, interroga en orden a la necesaria integridad, como si él se permitiese una indebida intrusión en el sagrario de la conciencia. Hago votos y oro para estos fieles poco esclarecidos permanezcan convencidos, también en virtud de esta presente enseñanza, de que la norma por la cual se exige la integridad específica y numérica, en relación a cuanto la memoria honestamente interrogada consciente conocer, no es un peso impuesto a ellos de modo arbitrario, sino un medio de liberación y de serenidad.

Es además de eso evidente en si mismo que la acusación de los pecados debe incluir el serio propósito de no volverlos a cometer en el futuro. Si esta disposición del alma faltase, en realidad no habría arrepentimiento: este, de hecho, tiene por objeto el mal moral como tal, y por lo tanto, no tomar posición contraria respecto de un mal posible sería no detestar el mal ni tener arrepentimiento. Pero como este debe derivar, ante todo, del dolor por haber ofendido a Dios, así el propósito de no pecar debe fundamentarse sobre la gracia divina, que el Señor jamás deja faltar a quien hace lo que le es posible para obrar de modo honesto.

Si quisiésemos apoyar sólo en nuestra fuerza, o principalmente en nuestra fuerza, la decisión de no volver a pecar, con una pretendida autosuficiencia, casi estoicismo cristiano o reverdecido pelagianismo, cometeríamos una injusticia a aquella verdad sobre el hombre por la cual comenzamos, como se declarásemos al Señor, más o menos conscientemente, que no tenemos necesidad de Él. Conviene también recordar que una cosa es la existencia del propósito sincero, y otra el juicio de la inteligencia acerca del futuro: en efecto, es posible que, aún en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado y la consciencia de la actual debilidad causen el temor de nuevas caídas; pero esto no perjudica la autenticidad del propósito cuando a ese temor está unida la voluntad, sufragada por la oración, de hacer aquello que es posible para evitar la culpa.

Carta del Papa Juan Pablo II al Cardenal William W. Baum, penitenciario mayor en ocasión de la conclusión del curso anual sobre el fuero interno, 22 de marzo de 1996.

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