Dehon: La vigilancia sobre nuestro interior

Si estamos recogidos y vigilantes sobre nuestro interior, el Espíritu Santo nos ha de guiar en el conocimiento y en el amor del Sagrado Corazón.

1. Sobre la vigilancia sobre nuestro interior para conocer y corregir sus desordenes

Permaneceremos confundidos y como sepultados en una infinidad de faltas y de imperfecciones que nunca vemos y que no veremos sino en la hora de la muerte, si no nos ejercitamos en el conocimiento de los movimientos de nuestro interior, donde el demonio y la naturaleza representan extraños personajes, en cuanto estamos totalmente absorbidos en el alboroto de las ocupaciones exteriores.

La ruina de las almas en el camino de la perfección viene de la multiplicación de los pecados veniales, donde se sigue la disminución de las luces y de las inspiraciones divinas, de las consolaciones espirituales y de los otros socorros de la gracia, después una gran flaqueza en resistir los ataques del enemigo, y finalmente la caída en alguna falta pesada que nos hace abrir los ojos y ver que en cuanto pensábamos en otra cosa, nuestro corazón nos traicionaba, por falta de vigilar en guardarlo y de entrar en él muchas veces para reconocer lo que allí pasaba (P. Lallemant).

2. El daño que resulta de la falta de vigilancia

Son esta ausencia de nosotros mismos y esta dejadez en regular nuestro interior los que son la causa de que los dones del Espíritu Santo estén en nosotros casi sin efecto, y que gracias sacramentales, que nos fueron dadas en virtud de los sacramentos que recibimos o que frecuentamos, permanezcan inútiles. Esto es bien manifiesto para los dones del Espíritu Santo. No sentimos como deberíamos la influencia de los dones de sabiduría y de piedad, que nos volverían fervorosos como los santos.

La gracia sobrenatural es un derecho que cada sacramento nos adquiere junto a Dios, para recibir de él algunos socorros que mantienen en nosotros el efecto de este sacramento. Así la gracia sacramental del Bautismo nos da el derecho de recibir luces e inspiraciones para llevar una vida sobrenatural, como miembros de Jesucristo, animados de su espíritu. La gracia sacramental de la Confirmación es un derecho a recibir fuerza y constancia, para combatir contra nuestros enemigos como soldados de Jesucristo. La gracia sacramental de la Confesión es un derecho a recibir un crecimiento de pureza de corazón. La de la Comunión es un derecho a recibir socorros eficaces para unirnos a Dios por el fervor de su amor.

¿De dónde viene que la mayor parte de las veces recibimos los sacramentos sin frutos o por lo menos sin que los frutos perseveren? Es porque nuestros defectos habituales, nuestros afectos desreglados, nuestros apegos, nuestras pasiones no mortificadas tienen más fuerza que la gracia sacramental. Es sobretodo porque nosotros no entramos en nosotros mismos para reconocer nuestros defectos, para corregirlos y para estar atentos a los movimientos de la gracia.

3. La vigilancia es necesaria para colocarnos bajo la conducción del Espíritu Santo

Vigilando sobre nuestro interior, hemos de adquirir un gran conocimiento de nosotros mismos y hemos de discernir los diversos movimientos de la naturaleza y de la gracia.

Apenas por la atención en vigilar sobre nuestro interior, hacemos excelentes actos de virtud, nos colocamos en estado de fervor y avanzamos maravillosamente en la perfección; como, por el contrario, descuidando nuestro interior, hacemos pérdidas inconcebibles.

Este ejercicio puede practicarse en todo tiempo y en todo lugar, en nuestras funciones exteriores y en nuestras enfermedades, y no hay asunto tan embarazoso que no nos permita entrar en nosotros mismos de tiempo en tiempo, para observar y para enderezar los movimientos de nuestro corazón.

Aquellos que abandonan el cuidado de su interior bajo el pretexto de celo y de caridad cometen una infinidad de pecados veniales y caen en la tibieza. Sus trabajos no producen sino muy pocos frutos, no siendo animados por esta fuerza que viene del espíritu interior ni acompañados por las bendiciones que Dios da a los hombres de oración y de recogimiento. No hacen nada puramente por Dios, se buscan en todo y mezclan siempre secretamente su propio interés con la gloria de Dios en sus mejores emprendimientos.

Pasan así su vida en esta mezcla de naturaleza y de gracia, sin avanzar en la perfección, con el espíritu tan distraído y el corazón tan duro como si no hubiesen tenido todo el socorro de los ejercicios de piedad cristiana y de la vida religiosa.

En fin la muerte viene y tiemblan con razón al pensamiento de los juicios de Dios.

Resoluciones

Vigilen y oren. Vigilemos, Nuestro Señor nos recomendó tanto. – Vean, vigilen y oren. Quiero, por lo tanto, observar mi interior, vigilar y mantenerme siempre en la disposición de fervor. Quiero colocarme así en el comienzo de cada acción. Oh María, Madre de la perseverancia, ayúdame.

León Dehon, ASC 5 / 296-305

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