¿Cómo debo estar preparado para recibir la sagrada Comunión?

Con la sagrada Comunión Cristo viene a poner su morada en nuestra alma (cfr. Jn. 6, 56) y nos hace partícipes de su vida divina hasta el punto de transformarnos en Él, de llegar a ser una sola cosa con Él (cfr. Jn. 18, 22). Hacia una tal prueba de amor debe necesariamente corresponder por parte del fiel que lo desea recibir una actitud humilde de purificación, de conversión. Por eso, al requisito –estar con las debidas disposiciones– establecido en el derecho general a los sacramentos (cfr. CIC, 843, § 1), se ha añadido la siguiente norma exhortativa, que remite a la conciencia moral del fiel, a tutela de la santidad de la Eucaristía:

«Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; y en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes» (CIC 916) [Reconciliatio et Poenitentia, 27].

Respecto a estas circunstancias excepcionales, es útil recordar que la doctrina moral considera «motivo grave» el peligro de muerte o el de infamia, mientras que la «contrición perfecta» no sería tal ni produciría por tanto el perdón de los pecados si fuese excluido o hecho culpablemente ineficaz el propósito de acudir cuanto antes al Sacramento de la Penitencia.

Juan Pablo II, después de explicar por qué la sagrada Comunión presupone «la vida de la gracia, por medio de la cual se nos hace “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe. 1, 4)» cita la siguiente clara enseñanza de San Juan Crisóstomo:

«También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo» [Homilías sobre Isaías 6, 3].

El Papa, después de una referencia expresa a las correspondientes normas de los dos Códigos canónicos [CIC 916; CCEO 711] y al Catecismo de la Iglesia Católica [1385], concluye así:

«Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”» [Ecclesia de Eucharistia, 36].

Por desgracia, y sin duda por una escasa preparación catequética que eduque las conciencias sobre la presencia real de Cristo en las Especies eucarísticas y las necesarias disposiciones del alma para recibirlo, no faltan frecuentes abusos en esta materia. Uds. saben que, incluso en naciones de sólida tradición cristiana como España, los obispos han debido pronunciarse así:

«queremos llamar la atención de aquellos fieles cristianos que no tienen inconveniente en comulgar con relativa frecuencia y, sin embargo, no suelen acercarse al sacramento de la Penitencia… la Iglesia es consciente de que la Eucaristía es sacrificio de reconciliación y alabanza. Sin embargo un sacramento no puede sustituir al otro» [Conferencia Episcopal Española, Instrucción «La Eucaristía alimento del Pueblo peregrino», del 4 de marzo de 1999].

Cabe incluir dentro de este apartado sobre las necesarias disposiciones para recibir la sagrada Comunión la norma sobre el ayuno eucarístico, notablemente mitigada respecto a la precedente disciplina. El can. 919, § 1 exige «abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas». El cómputo de una hora se refiere no al comienzo de la Misa sino al momento de comulgar. En cuanto al sacerdote que tenga necesidad de binar o de trinar, «puede tomar algo antes de la segunda o tercera Misa, aunque no medie el tiempo de una hora» (can. 919, § 2).

No hay, en cambio, restricciones legales en esta materia respecto a «las personas de edad avanzada o enfermas», y asimismo respecto de «quienes las cuidan» (can. 919, § 3). Pero es aconsejable, como es lógico, que estos fieles se preparen a la recepción del santísimo Sacramento con un cierto tiempo de recogimiento y oración.

[Fuente]

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