Las relaciones entre el judaísmo rabínico y el cristianismo en los primeros siglos

La revuelta judía del 66 al 70 y la destrucción del Templo de Jerusalén provocaron un cambio en la dinámica de las agrupaciones religiosas:

  • Los revolucionarios (sicarios, celotas y otros) fueron exterminados.
  • El establecimiento de Qumrán fue destruido en el 68.
  • La desaparición de los sacrificios en el Templo debilitó la base de poder de los dirigentes saduceos, que pertenecían a las familias sacerdotales.
  • No sabemos en qué medida el judaísmo rabínico es heredero del fariseísmo.

Lo que está claro es que después del 70 unos maestros rabínicos, “los sabios de Israel”, fueron poco a poco reconocidos como guías del pueblo. Los que estuvieron reunidos en Yamnia (Yabne), en la costa palestina, fueron considerados por las autoridades romanas como portavoces de los judíos. Más o menos del 90 al 110, Gamaliel II, hijo y nieto de célebres intérpretes de la Ley, presidía “la asamblea” de Yamnia. Cuando los escritos cristianos de este período hablan del judaísmo, deben de estar cada vez más influenciados por las relaciones con este judaísmo rabínico en vías de formación. En ciertos sectores, el conflicto entre los dirigentes de las sinagogas y los discípulos de Jesús fue agudo. Se ve en la mención de la expulsión de la sinagoga infligida a “Todo aquel que confiese que Jesús es el Mesías” (Jn 9,22) y, en contrapartida, en la fuerte polémica antifarisea de Mt 23, así como en la referencia, como desde el exterior, a “sus sinagogas”, designadas como lugares donde los discípulos de Jesús serían flagelados (Mt 10,17). La Birkat haminîm, “bendición” sinagogal (en realidad, una maldición) contra los desviados, es citada frecuentemente. Su datación en el 85 es incierta y la idea de que fue un decreto judío universal contra los cristianos es casi ciertamente un error. Pero no se puede poner seriamente en duda que, a partir de fechas distintas según los lugares, las sinagogas locales ya no toleraron la presencia de cristianos y les hicieron sufrir vejaciones que podían llegar hasta la pena de muerte (Jn 16,2). En el siglo II, el relato del martirio de Policarpo da testimonio del ardor “habitual” de los judíos de Esmirna en cooperar en la condena a muerte de los cristianos (Martyrium S. Polycarpi, XIII,1).

Poco a poco, probablemente a partir de principios del siglo II, una fórmula de “bendición” que denunciaba a los herejes o desviados de distintas clases se entendió que incluía a los cristianos y, mucho más tarde, que se refería especialmente a ellos. En todas partes, a finales del siglo II, quedaron netamente trazadas las líneas de demarcación y división entre los judíos que no creían en Jesús y los cristianos. Pero textos como 1 Tes 2,14 y Rom 9-11 demuestran que la división ya era claramente percibida mucho antes de esta época.

“En efecto, ustedes, hermanos, siguieron el ejemplo de las Iglesias de Dios, unidas a Cristo Jesús, que están en Judea, porque han sufrido de parte de sus compatriotas el mismo trato que ellas sufrieron de parte de los judíos. Ellos mataron al Señor Jesús y a los profetas, y también nos persiguieron a nosotros; no agradan a Dios y son enemigos de todos los hombres, ya que nos impiden predicar a los paganos para que se salven. Así, constantemente están colmando la medida de sus pecados, pero la ira de Dios ha caído sobre ellos para siempre.” (1 Tes 2, 14-16)

Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la biblia cristiana (2002), 69

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