Dios busca almas generosas

Lectura del Santo Evangelio (Mt 4, 17-22)

17 A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca».
18 Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores.
19 Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres».
20 Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.
21 Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca de Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.
22 Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Ahora nos dice a nosotros: Vengan, mis hijos tienen hambre de la palabra de Dios y de los sacramentos:

“Los niños pidieron pan y no hubo quien se lo repartiese” (Lam. 4,4).

¿No nos da esto compasión? Las obras de apostolado y de enseñanza requieren buenas voluntades. La mies es mucha, y hacen falta obreros.
Miremos las discordias sociales. ¿Quién se interpondrá entre el rico y el pobre, para predicar a cada cual sus deberes de justicia y de caridad? Veamos cómo el abuso de uno de los lados engendra la rebelión del otro. Escuchemos las reivindicaciones amenazadoras de la envidia. Hay que multiplicar los apóstoles de la justicia y de la paz.
Se necesitan hombres de oración y de sacrificio, que intervengan junto al Padre celestial para aplacar su justicia. ¡Es tan poderosa la oración! Un poco de penitencia y de reparación ¡tiene tanto poder sobre el corazón del Padre celestial! Desea Él ver su brazo detenido. Busca estos fiadores, árbitros de la oración y de la penitencia.

“He buscado a un hombre que se interpusiera contra mí a favor de la tierra para no verme obligado a aniquilarla” (Ez. 22,30).

¿No querremos prestar nuestro concurso a la obra de la salvación?
¿Permaneceremos sordos a su llamamiento? Si amamos a Jesús, apacentemos sus ovejas. Están sin pastor, tienen hambre y sed, llevémoslas al pasto.
Consideraré como hecho a mí mismo –dice el Señor- lo que hagan por el más pequeño de mis hermanos.
He venido –dice- a poner el fuego del celo en la tierra, y no tengo más que un deseo, que se encienda y se propague y que se posesione de toda la tierra.
Urge el tiempo: los lobos devoran a los corderos, los zorros hacen estragos en las mieses, el pueblo del Señor es oprimido, las almas caen en el infierno como las hojas de los árboles ¿quién se levantará para trabajar con el Señor?
Promete a los apóstoles una hermosa recompensa: en primer lugar, la amistad especial de su Corazón y después una gloria particular en el cielo, donde brillarán como brillan las estrellas en el firmamento. Tendrán un trono de honor entre los demás.
Vengan conmigo, nos dice el Señor, los que me aman y haré de ustedes conquistadores, poderosos en obras y en méritos.

Afectos y resoluciones: Oh, Maestro bueno, heme aquí, haz de mí lo que quieras. Deseo salvar almas, arrancarlas de las garras del demonio y del infierno y llevarlas al cielo para que te amen y te alaben por toda la eternidad. Aumenta este deseo y este celo en mi corazón. Si te hubiese amado más, más hubiera hecho por las almas tan queridas de tu corazón. Perdóname. Quiero comenzar de nuevo, en la medida de mi vocación.

León Dehon, El Retiro del Sagrado Corazón [RSC 489.498-501]

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